Las empresas se embarcan en actualizar sus plataformas y herramientas tecnológicas con la promesa de mejoras en productividad y resultados. Sin embargo, es un error confiar en que esa implementación permitirá agregar mecánicamente valor a la organización, sin orquestar la transformación necesaria en cómo se trabaja, cuándo se trabaja y quién realiza dicho trabajo.
Cómo evitar que una nueva tecnología se convierta en un caballo de Troya
Artículo del mes
Business Review (Núm. 367) · TIC · Junio 2026
Las organizaciones contemporáneas se encuentran navegando aguas desconocidas en un mundo posVUCA que ha dejado obsoletos muchos mapas tradicionales y en el cual la distinción entre “buenas prácticas” salvadoras y lastres organizacionales se ha vuelto borrosa.
Los líderes deben guiar el rumbo con un arsenal reducido pero crítico de certezas: la normalidad prepandémica no volverá, el cambio se ha consolidado como una constante permanente, la confianza emerge como el capital crítico para la sostenibilidad empresarial, el tiempo se ha convertido en el recurso más escaso y captar la atención del cliente constituye el epicentro de las disputas competitivas.
En este contexto, los avances tecnológicos prometen soluciones a organizaciones desesperadas, al verse obligadas a navegar por ecosistemas dinámicos que se redibujan constantemente. Por ello, muchos líderes se aferran a las nuevas tecnologías como si fueran chalecos salvavidas, sin ser conscientes de que se adentran en tormentas perfectas de transformación.
Aunque la evidencia arqueológica no permite confirmar si el famoso caballo de madera fue una fábula o una realidad, lo cierto es que se ha generalizado esta figura para referirse a artefactos aparentemente seguros que portan una carga desconocida y potencialmente dañina. Es lo que sucede cuando determinados líderes deciden adoptar tecnologías que prometen la generación de nuevo valor (el regalo) sin hacer los cambios necesarios en la organización, lo cual puede ser el origen de la tragedia.
Un mapa para entender los impactos del caballo de Troya
Una nueva tecnología suele presentarse a los ejecutivos poniendo el foco en los impactos que ha generado en otras organizaciones y su relevancia para los objetivos estratégicos de la organización. Esta mirada mecánica invisibiliza los ajustes organizacionales necesarios para su implementación y provoca que se convierta en un caballo de Troya.
Lo cierto es que las mejoras tecnológicas y de infraestructura solo podrán generar un impacto positivo en los objetivos estratégicos mediante una adecuada orquestación del modelo operativo y la configuración cultural. En este sentido, el cuadro 1 presenta cinco elementos que los líderes requieren orquestar estratégicamente para que las nuevas tecnologías habiliten los objetivos estratégicos deseados.
• Los objetivos estratégicos son la traducción del propósito organizacional en resultados específicos, permitiendo responder esta pregunta: ¿de qué forma crearemos valor para avanzar hacia nuestro propósito?
• El modelo operativo da cuenta de los procedimientos y estándares a través de los cuales se articulan los diversos componentes y funciones que se requiere orquestar para habilitar los objetivos estratégicos.
• La configuración cultural incluye el patrón de valores, creencias, comportamientos y rutinas informales que emergen y se reproducen a partir de la interacción entre historia organizacional, liderazgo y contexto.
• La tecnología engloba las herramientas y la infraestructura que dan soporte arquitectónico al modelo operacional y a la configuración cultural, habilitando la creación de valor.
• Las personas son las que, con su nivel de compromiso, habilidades y comportamientos, conectan los otros cuatro elementos por medio de saber hacer, poder hacer y querer hacer.
Para habilitar el valor de nuevas tecnologías, los líderes deben orquestar y, en algunos casos, hacer evolucionar tres elementos de forma coherente y continuada:
• La tecnología como catalizador que posibilita y acelera la generación de valor
• La configuración cultural como un ADN adaptativo que determina la velocidad de adopción tecnológica.
• El modelo operativo como arquitectura integradora que organiza recursos y establece nuevos flujos de valor.
Los casos de éxito presentan una serie de características que se repiten: la tecnología amplifica las fortalezas culturales existentes, la cultura facilita la adopción y maximización tecnológica y el modelo operativo integra ambos elementos hacia metas específicas. En estos casos, se observa una convergencia de factores que generan capacidades organizacionales distintivas y traducen la estrategia en resultados tangibles y ventaja competitiva sostenible.
Ejemplos de tecnología como caballo de Troya
A continuación, presentamos cuatro ejemplos de implementaciones tecnológicas, cada uno de los cuales requiere una transformación organizacional más compleja que el anterior para obtener beneficios (ver el cuadro 2). En todos ellos, las fuertes inversiones económicas en tecnología prometen grandes mejoras, usualmente apalancando objetivos estratégicos. Sin embargo, la realidad es que suelen obtener una fracción de los objetivos buscados (los beneficios que promete el caballo) y generar un número importante de problemas que destruyen valor (la carga desconocida que oculta el equino).
1. ERP
Los sistemas de planificación de recursos empresariales (ERP), como Oracle, SAP, Microsoft Dynamics o Workday, han conquistado a los equipos directivos con una premisa seductora: permiten anclar las “buenas prácticas” de la industria. Esta propuesta de valor genera en los ejecutivos la expectativa de que la mera instalación de la tecnología remediará problemas estructurales e ineficiencias organizacionales.
Sin embargo, se trata de una percepción que pasa por alto una realidad fundamental: el éxito de un ERP no reside únicamente en su capacidad tecnológica, sino en su integración con el tejido social y operativo de la organización. La transformación digital efectiva requiere repensar no solo qué herramientas utilizamos, sino cómo trabajamos, cuándo trabajamos y quién asume cada responsabilidad en el nuevo ecosistema.
La implementación de un ERP trasciende la simple migración tecnológica para convertirse en una reconfiguración, en la que los colaboradores deben abandonar rutinas establecidas y adoptar nuevos flujos de trabajo que pueden alterar sus tiempos, secuencias de tareas y métricas de desempeño. Esta transformación episódica al migrar de un estado conocido hacia otro estado definido impacta directamente en la autonomía profesional y la “zona de seguridad” de los trabajadores.
El error más común en las implementaciones de ERP radica en asumir que la comunicación y la capacitación bastarán para vencer las resistencias al cambio. Esto puede generar desde una adopción lenta y reticente hasta una oposición abierta, incluyendo el sabotaje activo del sistema. La comunicación logra que las personas comprendan el cambio y la capacitación les proporciona las habilidades necesarias, pero la motivación genuina para romper hábitos y rutinas establecidas requiere una gestión integral de las fuentes de motivación.
Las organizaciones que simplemente instalan el software, sin abordar adecuadamente quién asumirá nuevas responsabilidades, cómo se redistribuirán las cargas de trabajo y cuándo se realizarán las nuevas actividades, se arriesgan a que los empleados continúen utilizando métodos obsoletos, introduzcan datos incorrectos por falta de comprensión o simplemente ignoren el sistema. Como consecuencia, la inversión tecnológica puede acabar convertida en un ejercicio infructuoso que reduce la productividad.
2. Automatización
La implementación de tecnologías autónomas, como los camiones sin conductor en operaciones mineras, representa una revolución fundamental en la conceptualización del trabajo humano. Esta transformación trasciende la mera adopción de herramientas tecnológicas para replantear preguntas esenciales: ¿cuándo debe estar presente el trabajador si la máquina opera continuamente? ¿Cómo se redefinen los roles cuando la supervisión humana se convierte en monitorización remota? ¿Quién asume la responsabilidad cuando los procesos se ejecutan sin intervención directa?
Los colaboradores afrontan una realidad donde su valor no radica en la ejecución física de tareas, sino en la capacidad de supervisar, interpretar datos y responder a excepciones en un ecosistema que funciona de manera autónoma. Es habitual que este cambio les genere ansiedad por la percepción de desplazamiento y confusión ante procedimientos completamente nuevos.
Contrariamente a las promesas comerciales que posicionan la automatización como sinónimo de flexibilidad, las tecnologías autónomas imponen una rigidez operacional que fundamentalmente altera la filosofía de trabajo organizacional. Los procesos que anteriormente se ejecutaban de manera intuitiva, permitiendo improvisaciones para mantener la continuidad en las operaciones, ahora exigen protocolos estandarizados y predictibilidad absoluta.
Esta transformación amplifica tanto aciertos como errores de manera exponencial: la abundante información disponible permite identificar exactamente dónde y cuándo se cometió cada fallo en la cadena productiva, eliminando la ambigüedad que anteriormente permitía cierta tolerancia al error. La dificultad de adopción se clasifica como media precisamente porque hace más rígidos los procesos, provocando que cualquier desviación de la norma definida sea más grave y visible, lo cual genera resistencia entre trabajadores acostumbrados a la flexibilidad operacional.
La tecnología autónoma requiere una sincronía ecosistémica que desafía las estructuras organizacionales tradicionales basadas en silos departamentales. Mientras estos sistemas prometen continuidad operacional y mejoras en seguridad como beneficios principales, su efectividad depende de la coordinación perfecta entre todas las áreas de la cadena productiva. Esta exigencia la hace incompatible con organizaciones que siguen operando mediante divisiones funcionales independientes, al crear una tensión estructural que va más allá de la resistencia individual al cambio.
El proceso de adopción se convierte en un ejercicio permanente de mejora, donde los datos disponibles permiten una evolución constante, y requiere que los líderes desarrollen la capacidad de manejar la ansiedad organizacional generada por la velocidad del cambio tecnológico. La resistencia ya no se manifiesta solo como sabotaje o falta de cooperación, sino como una inadecuación sistémica entre la velocidad de la tecnología y la capacidad organizacional de transformarse al ritmo que esta demanda.
3. IA generativa
La implementación de herramientas de inteligencia artificial generativa introduce un desafío sin precedentes en la estructura de responsabilidad empresarial: el fenómeno de la “caja negra” que genera ansiedad profunda entre los responsables finales de decisiones y resultados del negocio.
A diferencia de sistemas tradicionales donde los procesos son trazables y auditables, la IA generativa opera mediante redes neuronales complejas cuya lógica interna permanece opaca incluso para sus desarrolladores. Esta opacidad se traduce en una tensión fundamental para ejecutivos que deben responder por decisiones tomadas o influenciadas por algoritmos cuyo razonamiento no pueden explicar completamente.
El impacto en el negocio es alto, precisamente, porque los líderes afrontan la paradoja de delegar autoridad en sistemas inteligentes mientras mantienen la responsabilidad total por sus consecuencias. Esto genera un estado de ansiedad organizacional que puede paralizar la toma de decisiones estratégicas.
La adopción efectiva de la IA generativa demanda una transformación cultural profunda que redefine fundamentalmente cómo, cuándo y quién realiza el trabajo. Los empleados deben evolucionar de ejecutores de tareas rutinarias hacia supervisores, analistas y tomadores de decisiones estratégicas, lo cual requiere desarrollar mentalidades de colaboración entre seres humanos y máquinas y de aprendizaje continuo.
Esta transición no es meramente técnica, sino existencial: los trabajadores se enfrentan a la necesidad de redefinir su valor profesional hacia actividades de mayor complejidad cognitiva, creatividad y juicio ético, mientras experimentan inseguridad sobre su rol futuro y desconcierto ante la complejidad tecnológica.
El modelo operativo experimenta una reconfiguración en la que emergen nuevos roles, como supervisores de algoritmos, especialistas en ética de IA y analistas de desempeño automatizado, mientras las estructuras organizacionales se aplanan y los procesos de toma de decisiones se aceleran significativamente.
La resistencia a la IA generativa trasciende los patrones tradicionales del cambio organizacional para manifestarse como un rechazo existencial que puede sabotear incluso las implementaciones más prometedoras. Empleados que temen ser reemplazados pueden proporcionar información incorrecta a los sistemas, intentar resolver problemas que la IA ya maneja eficientemente o evitar su uso, dando como resultado experiencias deficientes e inversiones tecnológicas ineficaces.
Para mitigar estos temores, las organizaciones deben involucrar a los empleados desde el inicio del proceso, estableciendo canales de comunicación abiertos que aborden inquietudes específicas sobre el futuro del trabajo humano.
La implementación exitosa requiere no solo capacitación técnica, sino una narrativa clara sobre cómo la IA generativa libera a los trabajadores de tareas repetitivas y les permite concentrarse en actividades de mayor valor, creando una cultura que valore la experimentación, la adaptabilidad y la confianza en sistemas inteligentes como complemento –no reemplazos– de la inteligencia y empatía humana.
4. Agentes de IA
La implementación de agentes de inteligencia artificial autónomos –sistemas capaces de tomar decisiones, ejecutar tareas complejas y aprender de manera independiente con mínima supervisión humana– plantea un dilema fundamental sobre la naturaleza del control organizacional. Mientras estos sistemas prometen eficiencia exponencial con procesamiento 24/7 y escalabilidad inteligente, también introducen el riesgo de pérdida de control humano, donde decisiones autónomas pueden desviarse de los objetivos de la organización o tener consecuencias imprevistas.
Los colaboradores afrontan una transformación radical en su relación con el trabajo: deben evolucionar hacia curadores y supervisores de sistemas inteligentes, redefiniendo cuándo es necesaria su intervención y cómo mantener su relevancia profesional.
Esta transición genera ansiedad existencial, ya que los trabajadores deben abrazar una nueva filosofía laboral donde su valor reside no en la ejecución de tareas, sino en la capacidad de gobernar inteligentemente sistemas que operan de manera autónoma, creando una dependencia tecnológica crítica que los hace vulnerables ante fallos del sistema o ciberataques.
Los agentes autónomos de IA también presentan el desafío de la “caja negra” organizacional, donde la transparencia limitada en procesos de toma de decisiones complejas genera conflictos profundos entre eficiencia algorítmica y principios humanísticos. La responsabilidad legal se vuelve difusa cuando sistemas autónomos toman decisiones críticas, creando un vacío de responsabilidades que, sin la supervisión adecuada, puede escalar errores de manera exponencial.
Esta realidad exige una transformación cultural profunda: las organizaciones deben evolucionar de una mentalidad de control hacia otra de confianza supervisada, con estructuras de gobernanza inteligente que mantengan la responsabilidad humana sobre los resultados de los sistemas autónomos.
Los sesgos algorítmicos amplificados representan un riesgo particular, ya que decisiones discriminatorias o inequitativas pueden escalar automáticamente. De ahí que se requieran nuevos valores organizacionales que integren consideraciones éticas en el diseño y la operación de agentes de IA, de forma que la transparencia algorítmica se convierta en un imperativo no negociable.
La adopción exitosa de agentes autónomos demanda una metamorfosis organizacional que trasciende la resistencia tradicional al cambio para abordar la erosión potencial de competencias humanas por delegación excesiva a la IA. Los empleados deben redefinir su identidad profesional hacia la orquestación del trabajo en superequipos que integran también a esos agentes de IA.
Esta transformación libera el potencial humano hacia actividades de mayor valor agregado, creatividad e innovación, pero requiere abrazar el aprendizaje continuo y la experimentación como norma organizacional. Los conflictos internos y la pérdida de talento emergen como riesgos críticos cuando las organizaciones fallan en comunicar efectivamente cómo los agentes de IA complementan el trabajo humano.
El éxito depende de establecer una cultura de inclusión digital que asegure que todos los niveles de la organización se beneficien de la transformación, desarrollando capacidades de personalización masiva y aprendizaje acelerado que generen ventajas competitivas sostenibles difíciles de replicar. Al mismo tiempo, es necesario mantener la resiliencia operacional necesaria para navegar las disrupciones externas en un entorno de cambio acelerado.
Arquitectos de la transformación
El análisis de la implementación de estas cuatro tecnologías revela un patrón consistente: mientras las inversiones económicas prometen mejoras exponenciales apalancando objetivos estratégicos, con frecuencia las organizaciones solo obtienen una pequeña parte de los beneficios esperados, mientras que se generan problemas operacionales que destruyen valor por la “carga oculta” que estas tecnologías introducen.
Por tanto, la mirada mecánica tradicional que invisibiliza los ajustes organizacionales necesarios debe evolucionar hacia una comprensión orgánica donde la tecnología actúa como catalizador, la configuración cultural como ADN adaptativo y el modelo operativo como arquitectura integradora.
Los casos de éxito demuestran una convergencia de factores donde la tecnología amplifica las fortalezas culturales existentes, la cultura facilita la adopción tecnológica y el modelo operativo integra ambos elementos hacia capacidades organizacionales distintivas que traducen estrategia en ventaja competitiva sostenible.
Nos hallamos en el epicentro de la oportunidad más emocionante de la historia empresarial moderna. No estamos simplemente implementando tecnología; estamos esculpiendo el futuro del trabajo humano, redefiniendo la esencia misma de cómo las organizaciones crean valor en un mundo cada vez más dinámico. Tenemos en nuestras manos la posibilidad de orquestar una sinfonía organizacional donde cada elemento –tecnología, cultura, modelo operativo y personas– converge hacia capacidades distintivas que nuestros competidores tardarán años en comprender y replicar.
La invitación no es a adoptar estas tecnologías disruptivas sin más, sino a liderar con valentía para convertirse en arquitectos de una transformación que libere el potencial exponencial de nuestra empresa. El futuro pertenece a quienes entienden que la verdadera revolución no reside en la tecnología per se, sino en su capacidad de crear ecosistemas donde la inteligencia humana y la artificial dancen en perfecta armonía hacia la creación de valor sostenible.
Jorge Betzhold
Profesor asociado en la Universidad del Desarrollo y profesor visitante en la Universidad de Chile y la Pacífico Business School ·
Paulina Meirone
Manager Business Adoption - Digital en BHP ·
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