El edificio del líder humilde y servidor: integridad y transparencia

El edificio del líder humilde y servidor: integridad y transparencia El edificio del líder humilde y servidor: integridad y transparencia

Cuando el fundador de Apple, Steve Jobs, subió al estrado en su ya mítico discurso de Stanford, no sólo mandó a los graduados de aquella universidad el mensaje de "creed y haced realidad vuestro sueño", sino que además, delante de todos los estudiantes y la comunidad académica, se desnudó como directivo. No tuvo el menor reparo en recordar sus penurias y su desastroso currículum ("A decir verdad, ésta es la ocasión en la que más cerca he estado de graduarme", dijo al comienzo de aquel memorable discurso), incluso en recrearse con la trágica enfermedad que a punto estuvo de dejarlo por el camino. Resulta ahora, echando la vista al pasado, curiosa aquella narración de la enfermedad, de ese diálogo de tú a tú entre Jobs y la muerte, cuando en los últimos meses, a tenor de los rumores sobre el estado de salud del presidente de Apple, el propio Jobs tuvo que comparecer ante los medios de comunicación para afirmar que se iba a retirar durante un tiempo del primer plano de la empresa.

No era baladí esa frase. Todo el mercado, comenzando por los analistas financieros, considera que Jobs es el principal activo de Apple y, por tanto, cualquier evento relacionado con él –y más si se trata de su propia salud– tiene en jaque a la empresa. Lo curioso, sin embargo, no es que Jobs sea el principal activo de Apple, sino que lo sea habiendo reconocido él en primera persona su ignorancia universitaria. Así lo había hecho en Stanford pocos años antes. De alguna forma, el propio Jobs se humilló en el ágora pública al admitir su escasa formación académica y, paradójicamente, el mercado lo considera el principal activo de su empresa. ¿Simple curiosidad o el fruto de algo más oculto? Posiblemente, en ese acto de humillación ante los catedráticos y los alumnos, Jobs lanzó al mundo el mensaje más hermoso y poderoso de un directivo: el poder de la humildad, hecho carne en su persona, a la cual el mercado ha honrado con infinidad de elogios y parabienes.

Cabe, por tanto, detenerse en ese poder de la humildad como fundamento del liderazgo en un momento en el que, curiosamente, ha triunfado en los negocios la cultura del poder, el ego y la vanidad. Tan admirados y fascinantes en los ochenta como denostados en los noventa, los yuppies han vuelto a la esfera de las finanzas en los últimos años. El poder, ese poder omnímodo que tanto atrae, se ha erigido en los últimos tiempos en el gran ídolo de los altos directivos, que dejaron a un lado su pacto de caballeros ...