El rol de la transparencia

El rol de la transparencia

¿Es importante la transparencia en la empresa? Por supuesto. ¿Porque lo reclama la ley? Sí, pero, sobre todo, porque es un deber de justicia: porque la otra parte la necesita para tomar decisiones racionales. Hay personas que nunca robarían un euro, pero escamotean la información que un proveedor necesita para tomar buenas decisiones con nosotros, y se encogen de hombros cuando se enteran de que el otro ha perdido dinero.

 

LA EMPRESA TRANSPARENTE: EL CAMINO  HACIA LA EXCELENCIA ECONÓMICA, TÉCNICA Y ÉTICA

Es importante la transparencia en la empresa? Por supuesto. ¿Porque lo reclama la ley? Sí, pero, sobre todo, porque es un deber de justicia: porque la otra parte la necesita para tomar decisiones racionales. Hay personas que nunca robarían un euro, pero escamotean la información que un proveedor necesita para tomar buenas decisiones con nosotros, y se encogen de hombros cuando se enteran de que el otro ha perdido dinero.

La transparencia no se limita a publicar la memoria que pide la Comisión Nacional del Mercado de Valores o el regulador medioambiental. Es dar cuenta de lo que nosotros sabemos y que nuestros inversores o nuestros vecinos pueden necesitar saber. Es más que colgar información en la web: es explicar las cosas para que se entiendan. No lo que yo quiero contarles, sino lo que ellos necesitan. Y como yo no sé lo que ellos necesitan en cada caso, he de estar siempre abierto a dialogar. Probablemente no es esto lo que reclama la ley, pero eso es ser transparente.

¿Por qué he de proceder así? Porque lo reclama el regulador, porque es mi responsabilidad, porque es un deber de justicia y porque necesito que confíen en mí. La transparencia es el primer paso para crear confianza, pero no es suficiente. Los inversores me piden datos sobre la deuda, los riesgos y la remuneración de los consejeros, pero para confiar en mí necesitan saber, al menos, dos cosas más: que tengo la capacidad –la técnica– de ofrecer la rentabilidad y el riesgo que ellos desean y, sobre todo, que tengo la actitud moral de buscar lo que es bueno para ellos.

Porque, en efecto, la transparencia, si va más allá de cumplir la regulación, forma parte de una manera de dirigir que conduce a la excelencia económica, técnica y ética. La empresa transparente sabe ponerse en la piel de sus grupos de interés para informarles de lo que ellos necesitan.

Pero ¿quién es el responsable de la transparencia? Como siempre, el Consejo y la Alta Dirección. Pero es tarea de todos. La actitud de la recepcionista ante el cliente que llama enfadado dice mucho más de la voluntad de transparencia de la empresa que todos los contenidos de su página web o de su memoria de sostenibilidad. Pero, claro, la recepcionista no se atreverá a ser transparente con los de fuera si sus jefes no lo son con ella y si no le han enseñado que “aquí las cosas se hacen así”. Si la transparencia no empapa la cultura de la empresa, acabará siendo “cumplimiento”: cumplo y miento.

¿Es posible todo esto? Sí, pero no es fácil: es consecuencia de dirigir pensando en los demás, en la empresa y fuera de ella, para ganarse su confianza a base de servicio. Pero con prudencia: no se trata de contar los secretos de la estrategia a todos. Y con humildad: no somos los mejores, pero intentamos mejorar cada día, y cuando nos equivocamos pedimos perdón y volvemos a empezar. En definitiva, es una actitud, un valor, una virtud, que se manifiesta en informes, cifras y páginas web, pero que, sobre todo, florece en las personas. 

 

EL DILEMA DE LA TRANSPARENCIA EMPRESARIAL: ¿QUÉ HACER?
En la economía de mercado, la transparencia es un factor clave de eficiencia y buen funcionamiento: la información puntual, pertinente y de calidad permite la asignación eficiente de recursos a través de una adecuada toma de decisiones. Es un tópico, pero es así. Toda la investigación económica desarrollada en los últimos años, especialmente por los economistas neoinstitucionalistas, proporciona un fundamento científico para afirmarlo.

Desde los años 90 del siglo pasado, pocos son los países que no han elaborado informes y códigos de buen gobierno corporativo. En todos ellos se insiste en la necesidad de la transparencia empresarial. En España, más de seis informes (Olivencia, Aldama, Conthe…); en Francia, un número análogo (Vienot…); en el Reino Unido, más de una veintena (Cadbury, Hampel, Turnbull, Hermes, Higos…); en EE. UU., un número también amplio (entre ellos, el que se convirtió en la SarbenesOxley Act). Son de destacar también los informes de organismos e instituciones internacionales, como losservicios de la UE o de la OCDE; en este caso, con más de cinco informes y códigos publicados.

En la versión de referencia de la OCDE (2004), se afirma que “el marco para el gobierno corporativo deberá garantizar la divulgación oportuna y precisa de todas las cuestiones materiales relativas a la sociedad, incluida la situación financiera, los resultados, la titularidad y el gobierno de la empresa”. A estos cuatro ámbitos debe aplicarse necesariamente el principio de transparencia, pero no se limita a ellos.

La OCDE subraya también el derecho fundamental de los inversores a ser informados. Concreta que “el marco para el gobierno corporativo deberá garantizar la revelación oportuna y precisa” de esa información, fundamento para poder ejercer el derecho a la información, reflejo del principio de transparencia. A pesar de esta abrumadora ola a favor de la transparencia empresarial, es extraño encontrar un número significativo de empresarios o altos directivos que abracen tal prédica de apoyo a la transparencia. La mayoría se lamentan en privado de tanta regulación y exigencia, pero son pocos los que lo expresan públicamente, porque no es políticamente correcto.

¿Por qué surge esa no adherencia a la transparencia y un cierto recelo a códigos, especialmente si estos se convierten en ley y se hacen compulsivos/obligatorios? La respuesta es sencilla: el responsable empresarial conoce y vive el riesgo de mostrar datos que le pongan en una situación de vulnerabilidad. Enseñar tus limitaciones, carencias, y tus debilidades en público te hace vulnerable, y la vulnerabilidad puede fácilmente ser aprovechada por la competencia. ¿Qué mejor para un competidor que conocer los puntos débiles de sus “adversarios económicos”?

El economista J. M. Keynes puso de manifiesto que en diversos temas económicos se puede dar lo que él denominaba “la falacia de la composición”: aquello que es bueno para cada uno de nosotros no lo es para todos, para el conjunto de la sociedad. En el tema de la transparencia empresarial nos encontramos en esta situación. Ante esta realidad, que es un dilema de difícil solución, el empresario y el directivo deben definir y decidir su política de transparencia y ponerla en práctica. Parece claro que hay algunas fuentes de criterios que permiten definir esta política:

• El necesario cumplimiento de la legalidad establece las rayas rojas que no se pueden cruzar. Algunos empresarios o directivos se podrán quejar, pero el no cumplimiento de las normas genera disfunciones importantes en el mercado y un riesgo obvio para la empresa que no respete la legalidad. Estamos aquí ante un tema que es compulsivo, y lo que deberá exigir el responsable empresarial es que su aplicación sea general y eficaz, y deberá denunciar tratos de favor o situaciones de falta de equidad en la aplicación de la legislación. Para ello, las organizaciones empresariales son cruciales.

• El análisis de la demanda de los stakeholders es otro factor determinante y es el que permitirá afinar y matizar la práctica real de transparencia empresarial. Debemos identificar a nuestros principales stakeholders y decidir cuáles de sus demandas de transparencia vamos a satisfacer y cuáles no. Este es el proceso más complejo y delicado: hay inversores institucionales que, sin un alto nivel de transparencia, no están dispuestos a participar en el proyecto empresarial. A su vez, no es infrecuente encontrarse con movimientos sociales o sindicatos que exigen un creciente nivel de transparencia, pero es importante distinguir las demandas de unos y otros. Los sindicatos saben que su futuro y el de los trabajadores que representan están ligados a la supervivencia de la empresa. Para algunos movimientos sociales (los no responsables), el destino de la empresa es un tema ajeno. En definitiva, aquí la compañía deberá actuar no por compulsión legal, sino en función de sus conveniencias compartidas con algunos de sus stakeholders en el corto y largo plazo, definiendo una política inteligente de transparencia.

• El tercer factor es la propia orientación de responsabilidad corporativa que tenga la empresa y su cultura empresarial, y tiene que ver más con la convicción. Los directivos en particular y la empresa en general, más allá de declaraciones rimbombantes de misión, visión y valores, tienen una determinada práctica de responsabilidad empresarial y de cultura organizativa. Factores relevantes en la definición de la política de transparencia, así como un compromiso importante con la transparencia y su implantación inteligente pueden acabar siendo factores de innovación, de atracción de recursos económicos y, lo que hoy es más importante, de talento empresarial.

Los dilemas no se resuelven, solo se pueden gestionar. Y la transparencia empresarial es un dilema. Los elementos de compulsión, conveniencia y convicción señalados son una buena guía para orientar esa inevitable y difícil tarea de gestión.

 

TRANSPARENCIA: UN PUNTO DE PARTIDA,  NO DE LLEGADA

La transparencia se ha convertido en uno de esos lugares comunes que hay que citar para quedar bien, y con los que todos estamos de acuerdo hasta que intentamos definirlos. Decimos que alguien es transparente cuando se muestra tal como es, o que una organización es transparente si hace pública toda la información sobre su estado, su modo de proceder y de tomar decisiones. ¿Quién se atreve a estar en contra de la transparencia?

Pero, si vamos más allá de esos tópicos, caeremos en la cuenta de que la transparencia no puede ser total, y, por tanto, debe ser matizada. Una persona no tiene por qué mostrarse tal y como es a todo el mundo. Todos tenemos derecho a un ámbito de privacidad; de lo que se trata es de dilucidar qué parte de nuestra vida tenemos derecho a mantener oculta y qué parte tienen derecho a conocer otros. Lo mismo ocurre con las organizaciones: no tienen por qué dar toda la información a todo el mundo. También las empresas tienen derecho a mantener “sus secretos”. En todo caso, lo que hay que determinar es qué información tienen derecho a conocer los demás agentes con los que se relaciona la compañía.

La transparencia es un punto de partida que debe ser matizado. Si no hay transparencia, es fácil caer en conductas éticamente reprobables. Pero la transparencia no es suficiente, al menos por tres razones:

• Primero, porque si se confunde con dar información, puede usarse el exceso de datos para seguir ocultando cómo son las cosas. “¿Quiere usted que sea transparente? Pues aquí tiene toda la información”. Y luego le toca al receptor decidir cuál es relevante y cuál no.

• Segundo, porque ser transparente en lo que se dice no asegura que se diga todo lo que ocurre. ¿Exigirle a cualquier organización que cumpla una serie de medidas de transparencia asegura, por ejemplo, que vaya a dejar de haber casos de corrupción? No.

• Tercero, la transparencia puede acabar en la mala educación y en la grosería. 

Por tanto, ser transparente es un buen inicio, pero debe ser completado, al menos, con estas otras acciones:

1.  Hace falta determinar a qué información tiene derecho cada uno.

2.  Hace falta establecer unos mecanismos de control y de rendición de cuentas que aseguren que se da toda la información que se requiere y que esa información responde a la verdad.

3.  Hace falta tener unos criterios claros que ayuden a discernir la calidad moral de aquello que transparentemente se dice.

Sin estas acciones complementarias, la transparencia queda sumida en la vaguedad de lo políticamente correcto, pero no ayuda a lo que de verdad importa, que es a generar confianza en las organizaciones y en la sociedad. La transparencia es un punto de partida para la generación de confianza; no un punto de llegada para justificar conductas.

 

LA TRANSPARENCIA,  CLAVE DEL BUEN GOBIERNO CORPORATIVO

Los últimos años del siglo xx y primeros del xxi han sido testigos de escándalos financieros y casos de corrupción económica y política en las principales bolsas de valores, incluida la española, que han afectado al ahorro y a la confianza de un buen número de inversores y accionistas. Todo ello ha provocado el surgimiento del “movimiento de reformas” como respuesta a la necesidad de mejorar el gobierno de las sociedades cotizadas a través de sus consejos de administración, que se ha concretado con la publicación de una serie de informes o códigos en los países más desarrollados sobre los principios y recomendaciones para lograr un buen gobierno corporativo o un buen funcionamiento de los consejos de administración en términos de eficacia, eficiencia, responsabilidad, fluidez informativa y, en suma, transparencia. El objetivo es recuperar la credibilidad, seguridad y confianza tanto de los accionistas como de los grupos de interés o stakeholders (empleados, clientes, proveedores, inversores, reguladores…), junto con las de los propios mercados y de la sociedad en general.

La transparencia se convierte así en la clave del arco de un buen gobierno corporativo, con la información como piedra angular Pero ¿qué información tiene que ser pública y cómo hay que comunicarla en la época actual? La información debe cumplir con los siguientes requisitos:

1.  Debe ser completa, para que los accionistas y los grupos de interés se formen una imagen fiel de la sociedad.

2.  Debe ser correcta y veraz, con el fin de que los anteriores agentes y los mercados puedan tomar decisiones correctas.

3.  Debe ser simétrica y equitativa; es decir, que todos los agentes concernidos deben disponer de la misma.

4.  Debe transmitirse en tiempo útil, con el fin de que dichos agentes puedan adoptar las decisiones pertinentes. 

El cumplimiento de estos requisitos es responsabilidad del Consejo de Administración. Teniendo que informar, al menos, de los aspectos siguientes tal y como se viene regulando: estatutos de la sociedad y reglamento, estructura y funcionamiento del Consejo, informe del gobierno corporativo, cuentas anuales y hechos relevantes. 

 

Finalmente, es recomendable que la información requerida sea comunicada a los mercados, accionistas y grupos de interés mediante la utilización de herramientas como Internet (página web), para llevar a cabo de forma económica, eficiente y rápida el “deber de informar” a los agentes mencionados.

PERSPECTIVAS DE FUTURO.  ¿MAYOR O MENOR TRANSPARENCIA CORPORATIVA?

Hay muchas señales en el entorno regulatorio que indican que la transparencia de las empresas es una exigencia que irá en aumento. La pregunta que debe hacerse un directivo a este respecto es ¿con qué velocidad aumentará? Hacer una previsión ajustada le servirá para evitar estar –por exceso o por defecto– en posiciones desventajosas para su compañía.

Responder a esta pregunta no es una tarea fácil. Por un lado, el nivel de transparencia adecuado no es algo que se pueda definir con precisión, y, por otro, el nivel que el regulador considera “adecuado” evoluciona con la percepción social de lo “exigible” en función de escándalos y titulares. A estas circunstancias se añade un argumento de fondo en contra de la transparencia (muy repetido por los directivos), que defiende que se debe mantener un nivel de “secreto” razonable para no debilitar la posición estratégica de la empresa. Este argumento, actualmente, ha perdido mucha fuerza, en la medida en que la información que se mueve a través de las redes sociales no se puede controlar; sin embargo, mantiene su justificación en algunos casos concretos, como puede ser cuando se están iniciando negociaciones con vistas a fusiones o adquisiciones, en los que la lógica empresarial manda –y el regulador permite– mantener las conversaciones en secreto. Esta lógica se suele ampliar sin demasiado fundamento a otros muchos casos.

Al hacer un análisis dinámico para ponderar las fuerzas que determinarán la velocidad del proceso, es necesario distinguir dos vectores que pueden reforzarse o frenar uno al otro:

• El vector que nace de los valores del individuo. Refleja la tendencia de los empleados y directivos a ser más transparentes en sus comunicaciones (tanto internas, en la compañía, como externas, con su entorno). Esta tendencia se puede fundamentar en dos dimensiones: una normativa, fruto del convencimiento del individuo y que está basada en su ética personal, y otra instrumental, que se nutre del cálculo de la persona, al considerar que tener un cierto nivel de transparencia es positivo para su desarrollo profesional (esto exige que la empresa lo valore).

• El vector que es consecuencia de las presiones externas a la empresa. El segundo vector se sustenta principalmente en las fuentes legales –las exigencias del regulador al respecto–, aunque también en otras fuentes cada vez más influyentes, como puede ser la opinión de los distintos agentes de la sociedad. En la medida en que estos agentes mejoran su conocimiento de la RSE y utilizan la información que el regulador obliga a emitir a las empresas, pueden tomar unas decisiones de consumo o inversión que supongan un alto impacto en los resultados de la empresa.

La tendencia hacia la transparencia que surge desde el individuo con una perspectiva normativa, se puede considerar como una virtud que tiene su expresión más cercana en el valor de la integridad. Se puede definir ésta como decir lo que se piensa y actuar según los valores que sean aceptables por la comunidad. Esta definición esquemática no orienta sobre unas circunstancias complejas que se podrían ilustrar mediante un paralelismo con el “cero”; es decir, si callarse alguna información que beneficiaría a otra persona es un comportamiento íntegro o si la omisión de una determinada acción –que condicionaría un proceso en favor de otro o en contra de nuestros intereses– también podría ser cuestionable su integridad.

Esta complejidad se traslada al entorno regulatorio. Si bien en casos de comunicación comercial se pueden establecer nomas precisas que obligan a una información específica sobre ciertos estándares y con una difusión clara (las normas de las etiquetas de los productos, por ejemplo), en esos casos más ambiguos de “cero” es más complejo establecer una norma que abarque todos los casos y no produzca comportamientos oportunistas no considerados. Para buscar una solución aceptable ante estas situaciones ambiguas, el regulador puede utilizar dos vías: la del soft law (cumple o explica) y la de la exigencia de “materialidad”. 

1.-  Soft law. Solo obliga a comunicar explícitamente si se han cumplido o no unas recomendaciones que ha establecido el regulador. En caso de que no se hayan cumplido, se debe explicar por qué y qué medidas se están tomando para cumplirlas. No hay penalización por parte del regulador por su incumplimiento, sino que se deja el castigo al “mercado”, que puede responder ante este comportamiento con la venta de las acciones de la compañía. Esta vía es la que utiliza la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) en relación a las características de “buen gobierno” de las empresas que cotizan en la bolsa, y es la más utilizada en el entorno europeo. 

2.-  "Materialidad". La segunda vía tiene su mayor adalid en el enfoque legal americano de la “materialidad”. Se entiende que una información es material si su conocimiento por parte del inversor puede afectar a su decisión respecto a comprar o vender la acción de la empresa. Concede al agente damnificado la capacidad de presentar una demanda exigiendo una indemnización, debido al perjuicio ocasionado por esa falta de “información material”, y deja al juez la decisión sobre la pena correspondiente.

En consecuencia, se puede afirmar que el vector externo, por una vía o por otra, va a impulsar el proceso de ampliar la transparencia en el entorno de las empresas cotizadas, siendo determinante en un plazo de tres a cinco años.

¿Y qué papel puede tener el vector interno? Es decir, a aquellas empresas que no están en bolsa, a las que no se aplica la presión de la CNMV, ni la de unos inversores institucionales más exigentes, solo les queda el vector interno como impulsor de la transparencia. ¿Será determinante en un plazo relativamente corto? Para contestar a esta pregunta es necesario responder previamente a estas otras: ¿las empresas tienden a valorar cada vez más la integridad en los comportamientos de sus empleados? ¿Una reputación personal de integridad es cada vez más relevante para un desarrollo profesional con éxito?

Probablemente, la respuesta negativa “realista” que den muchos lectores a estas preguntas estará muy condicionada por su experiencia profesional. Pero, dentro de cinco años, ¿el futuro será distinto?  

Consideremos los nuevos hábitos: ¿tendrán los nuevos empleados jóvenes más propensión hacia la transparencia como resultado de su costumbre de comunicación abierta en Facebook y Twitter? ¿Serán embajadores positivos de la marca o fiscales de su desempeño? ¿Buscarán la información en la red antes de aceptar un puesto como hacen para ir a un hotel?

Yo apuesto a que, con estos nuevos hábitos, y en un escenario de bajo crecimiento económico e inflación casi cero, con unas jubilaciones en mayor cantidad que las entradas de jóvenes, el futuro será muy distinto para todas las empresas, no solo para las cotizadas.

 

TRANSPARENCIA:  ¿ESLOGAN O COMPROMISO EMPRESARIAL?
 Un estudio de Ernst & Young de 2015 señala que el 69% de los directivos y empleados de empresas encuestados reconoce que las prácticas de soborno y corrupción se están generalizando en España, porcentaje muy alejado del 35% de media en Europa Occidental. Por otra parte, de acuerdo con el índice de percepción de la corrupción (IPC), de Transparencia Internacional, que mide el grado de transparencia y corrupción del sector público de un país, España obtiene una puntuación de 58 sobre 100 en el IPC 2015, figurando en la posición 36 sobre 168 países Cabe destacaar que España ha bajado de la posición 23 en 2006 hasta la 37 en 2014). Esta variación, de acuerdo con Transparencia Internacional, se corresponde con los múltiples escándalos de corrupción en los niveles superiores de los partidos y en los gobiernos locales y autonómicos, algo que ha propiciado un intenso debate social y una alusión constante a la necesidad de regenerar la vida pública y de fortalecer la calidad institucional de las organizaciones, sean públicas o privadas. Ante la pérdida de confianza, se subraya la importancia, que se torna en exigencia, de implantar nuevas prácticas de buen gobierno, de mayor control y mejor regulación, de transparencia y de rendición de cuentas.

Para la física, la transparencia es una propiedad óptica de la materia, en la medida en que deja pasar fácilmente la luz. Aquí, la transparencia es un modus operandi, en la medida en que “deja pasar fácilmente” la información y el conocimiento sobre la actuación de una empresa al público de referencia o a la ciudadanía en general. Ello obliga a avanzar y consolidar una praxis empresarial coherente. La transparencia y la rendición de cuentas forman parte de un modo de actuar de la responsabilidad (social) empresarial que construye confianza.

La transparencia consiste en mostrar de forma clara, precisa, completa y periódica aquella información que “interesa” a los stakeholders, de modo que estos puedan tomar decisiones con conocimiento de causa. Una transparencia proactiva contribuye a la construcción de confianza, otorgando legitimidad y reconocimiento, como lo evidencian las diversas experiencias en las que se practica el diálogo y la inclusión activa de los stakeholders en la gestión empresarial.

Asimismo, la transparencia ayuda a mejorar la reputación de las empresas y la valoración por parte de sus stakeholders. Además, refuerza significativamente el nivel de implicación de los empleados y la propia capacidad para atraer y retener talento, aspectos decisivos en las políticas de capital humano.

Por último, la transparencia y la confianza son las grandes aliadas de las empresas en el desarrollo de sus competencias estratégicas. Así, la responsabilidad empresarial que articula prácticas de confianza y transparencia comienza a ser considerada como un elemento catalizador para la innovación, ya sea porque impulsa la evolución hacia nuevos modelos de negocio y formas de actuación, o porque potencia el desarrollo de productos y mercados que responden a los planteamientos y demandas sociales y medioambientales.

Conviene profundizar en un enfoque de la gestión de organizaciones y empresas que se adecue progresivamente a las realidades y exigencias de los nuevos tiempos. La mejora continuada de las buenas prácticas en estos ámbitos es relevante, porque empieza a considerarse como “parte de la solución y no del problema”, como palanca para la estrategia y la viabilidad empresarial. Las compañías que quieran triunfar han de asumir, interpretar y responder al creciente interés de los consumidores, proveedores, empleados, accionistas, organismos reguladores y múltiples agentes sociales por conocer su impacto social y medioambiental y por cómo se plantean mejorarlo. Para ello, hay que pasar del eslogan fácil al compromiso empresarial con la transparencia, en un ejercicio de responsabilidad que genere confianza y futuro.

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