Las claves del presupuesto para la organización del siglo XXI

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Durante el siglo xix y la primera mitad del xx, Egipto y Oriente Próximo eran un hervidero de expediciones arqueológicas europeas intentando desenterrar y llevarse a casa las piezas más espectaculares de primeras grandes civilizaciones humanas. Aún se enorgullece el Louvre del Código de Hammurabi, esa impresionante piedra de diorita negra con el primer corpus legal del que tenemos constancia; el Museo Británico de la piedra de Rosetta, clave para el entendimiento moderno de los jeroglíficos egipcios; o el Museo de Pérgamo de Berlín del impresionante Altar de Zeus, traído piedra a piedra desde la actual Turquía.

Más humilde es la tableta Stansfeld, que coprotagonizará la primera parte de esta historia. Está hecha de arcilla. Mide aproximadamente diez por diez centímetros. Curiosamente, un tamaño no tan diferente del de nuestras modernas tabletas electrónicas. Está escrita por ambas caras con caracteres cuneiformes realizados con un punzón, pequeñas incisiones triangulares que fueron, en la Mesopotamia de hace unos 5.000 años, la primera escritura humana. Las vicisitudes de esta pequeña tableta son fascinantes, y la historia que encierran las pequeñas marcas triangulares, aún más.

La tableta Stansfeld fue desenterrada hace un siglo en Uruk, en el actual Irak, por una expedición alemana. Formaba parte de un grupo de piezas que fueron encontradas amontonadas fuera de su contexto histórico. Esto hizo que perdieran valor arqueológico, lo que quizá favoreció que durante la década de los cincuenta terminaran en la colección privada de un profesor universitario de Basilea. A su muerte, en 1988, fue puesta a la venta en Christie's y adquirida por Martin Stansfeld, un directivo de Sotheby's, que a su vez la volvió a poner a la venta en 2005. Stansfeld era un apasionado del arte sumerio y permitió que la tableta fuese estudiada, traducida y exhibida. Gracias a él conocemos la historia de Kushim.

Uruk es hoy un polvoriento pedregal, pero hace 5.000 años era probablemente la ciudad más vibrante del planeta. Sacerdotes, militares, artesanos y esclavos recurrían sus calles y en ellas se comerciaba con mercancías de tierras lejanas. Allí vivía Kushim, un hombre importante con grandes responsabilidades. Kushim era sanga, el equivalente a nuestro director, de una fábrica de cerveza. Y la cerveza no era cualquier cosa en Mesopotamia: se consideraba, junto con el pan, un alimento básico. Estaba reglada la cantidad de cerveza que un patron...