Punto de Vista: Edgar Nolla, fundador y CEO de Dandelion

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Harvard Deusto

Business Review (Núm. 365) · Estrategia

Los negocios regenerativos representan la forma más inteligente de tomarse en serio el futuro

Punto de Vista: Edgar Nolla, fundador y CEO de Dandelion

 

Se habla mucho de sostenibilidad, pero usted defiende cada vez más el concepto de “negocios regenerativos”. ¿Por qué cree que ese es el verdadero siguiente paso?

Porque la sostenibilidad, tal como se ha entendido muchas veces, se ha quedado en una lógica defensiva: reducir daños, cumplir exigencias regulatorias, mejorar algunos indicadores y comunicar compromisos. Todo eso era necesario, pero hoy resulta insuficiente. El reto ya no es solo contener impactos negativos, sino rediseñar la actividad económica para que genere efectos positivos acumulativos. Un negocio regenerativo no se limita a contaminar menos u optimizar el consumo; fortalece ecosistemas productivos, mejora capital humano, eleva la resiliencia territorial y crea valor económico con mayor densidad social. Ese es el cambio de paradigma. Ya no hablamos de empresas que sobreviven adaptándose a la presión externa, sino de organizaciones capaces de liderar una nueva etapa de prosperidad más robusta, más inteligente y legítima.

 

Hay empresarios que siguen viendo esta agenda como una imposición ideológica o como un coste añadido. ¿Qué les diría?

Les diría que están leyendo el momento histórico con categorías antiguas. La regeneración bien entendida no es una concesión estética ni un peaje reputacional: es una estrategia superior de competitividad. Las compañías que integran esta visión reducen riesgo, anticipan regulación, ordenan mejor sus cadenas de valor, fidelizan talento, fortalecen su licencia social para operar y construyen una posición más sólida a medio y largo plazo. Es decir, gestionan mejor. La mala noticia para algunos es que ya no bastará con tener una buena cuenta de resultados trimestral; las empresas que sepan combinar rentabilidad con capacidad de regenerar su entorno van a disfrutar de una ventaja estructural. No es una moda moralizante. Es una nueva frontera de eficiencia, legitimidad y liderazgo.

 

¿Dónde suele fallarse cuando se intenta avanzar en esta dirección?

Se falla cuando se aborda como un asunto de comunicación y no de gobierno. Muchas organizaciones han delegado la sostenibilidad en un departamento lateral, con escaso poder real sobre inversión, operaciones, compras, talento o financiación. Así no se transforma nada. La lógica regenerativa exige intervenir en el núcleo de la toma de decisiones: qué se produce, cómo se produce, con qué incentivos, con qué métricas y con qué horizonte temporal. Requiere cuadros de mando serios, disciplina presupuestaria, liderazgo transversal y una gobernanza que no premie solo el corto plazo. En definitiva, exige tratar esta cuestión como lo que realmente es: una arquitectura de dirección. Cuando se entiende así, deja de ser retórica y se convierte en estrategia país, estrategia empresa y estrategia institucional.

 

Hablas con frecuencia de “estrategia país”. ¿Qué relación existe entre los negocios regenerativos y una agenda moderna de política económica?

La relación es total. Una economía avanzada no puede limitarse a crecer en términos agregados; tiene que preguntarse qué tipo de crecimiento genera, qué vulnerabilidades reduce y qué capacidades instala para el futuro. Los negocios regenerativos encajan perfectamente en una visión moderna de política económica porque conectan productividad, cohesión social, innovación y estabilidad. Un país más regenerativo no es un país menos competitivo; es un país que usa mejor su capital humano, orienta mejor su inversión, fortalece sectores estratégicos y disminuye costes sociales y ambientales que luego terminan penalizando las cuentas públicas y privadas. Desde esta perspectiva, la sostenibilidad deja de ser un apéndice y pasa a ser una palanca de modernización económica. Y ahí las administraciones tienen una responsabilidad decisiva: crear marcos estables, premiar bien, comprar con inteligencia, simplificar trabas y aliarse con quienes sepan ejecutar de verdad.

 

Entonces, ¿qué debería hacer una Administración pública que quisiera liderar esta transición con seriedad?

Lo primero, abandonar el tono declarativo y pasar a la capacidad ejecutiva. Una administración transformadora no se mide por la cantidad de planes que anuncia, sino por su habilidad para convertir prioridades en instrumentos eficaces. Eso significa diseñar incentivos con criterio económico, introducir métricas de impacto real, coordinar consejerías que hoy operan como compartimentos estancos y entender que la colaboración público-privada no es una cesión, sino una condición de eficacia. También significa seleccionar proyectos tractores con capacidad de arrastre sectorial, territorial y social. Y, sobre todo, significa distinguir entre quien sabe presentar una narrativa y quien sabe gestionar una transformación. El gran déficit de muchas instituciones no es de ideas, sino de ejecución. Por eso el perfil que hoy necesita la administración es el de gestores con visión estratégica, cultura económica y capacidad de interlocución con empresa, universidad e inversores.

 

¿Qué sectores pueden liderar mejor ese cambio?

Los más estratégicos son aquellos que combinan impacto sistémico con potencial de mejora de productividad: educación, salud, vivienda, alimentación, industria avanzada, energía, formación profesional, tecnología aplicada y servicios financieros. Son sectores donde una reforma bien diseñada produce beneficios múltiples: competitividad, capital humano, cohesión y resiliencia. Por ejemplo, una política regenerativa en educación no solo mejora aprendizaje; multiplica empleabilidad, movilidad social y calidad institucional futura. En salud, no solo atiende demanda, sino que reduce costes estructurales si se orienta a prevención, innovación y eficiencia. En financiación, no solo moviliza capital, sino que decide qué tipo de tejido productivo se fortalece. Lo importante es comprender que el valor regenerativo aparece cuando se conectan sectores, no cuando cada uno actúa por separado.

 

¿Qué tipo de liderazgo exige esta etapa?

Exige un liderazgo sobrio, ambicioso y competente. Sobrio, porque el momento no necesita eslóganes; necesita credibilidad. Ambicioso, porque los retos son demasiado grandes para respuestas pequeñas. Y competente, porque sin capacidad técnica la visión se convierte en literatura. Hoy hacen falta perfiles que comprendan la lógica empresarial, el lenguaje institucional y la dimensión social del desarrollo. Personas capaces de leer una inversión, entender un balance, evaluar un proyecto público, ordenar prioridades y traducir todo eso en decisiones con efectos reales. En los próximos años, el liderazgo más valioso no será el más ruidoso, sino el que logre alinear interés general, modernización económica y resultados medibles. Ese tipo de liderazgo será escaso y, justo por eso, especialmente necesario.

 

Si tuvieras que convencer a un presidente, a un consejero o a un gran empresario de por qué esta agenda merece ser prioritaria, ¿cuál sería tu argumento final?

Que los negocios regenerativos representan la forma más inteligente de tomarse en serio el futuro. No obligan a elegir entre crecimiento y responsabilidad, entre empresa y bien común, entre rentabilidad y legitimidad. Lo que hacen es superar esa falsa dicotomía. Permiten construir organizaciones y políticas públicas que crean más valor del que consumen, que refuerzan la base productiva del país y que generan prosperidad con estabilidad. En un tiempo de fragmentación, desconfianza e incertidumbre, esa es una propuesta profundamente moderna: una economía que no solo resiste, sino que mejora el sistema del que depende. Y quien sea capaz de liderar eso no estará simplemente gestionando una tendencia, estará ayudando a definir la siguiente etapa del desarrollo económico e institucional.

 

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