Reducir la falta de credibilidad o dominar el arte del compromiso

Reducir la falta de credibilidad o dominar el arte del compromiso Reducir la falta de credibilidad o dominar el arte del compromiso

Si echamos un vistazo a los periódicos estadounidenses en busca de las últimas crisis políticas o corporativas, nos encontraremos con demasiada frecuencia con organizaciones y líderes incapaces de cumplir con compromisos que, aunque sencillos al articularlos, se convirtieron en prohibitivamente complejos en su realización. El presidente George Bush y su lógica para invadir Irak. Las afirmaciones de su antecesor de que él no había tenido relaciones sexuales "con esa mujer... Lewinsky". Los "compromisos" electorales de Dalton McQuinty. Dan Rather y la CBS. Todos fueron ejemplos de credibilidad que colapsaron bajo el peso de la audiencia contemporánea, capaz y dispuesta a exigir un grado de honestidad y transparencia como nunca.

La gestión de compromisos –la ciencia de asociar sistemáticamente lo que decimos con lo que hacemos– se está convirtiendo rápidamente en un factor diferenciador a la hora de tomar decisiones en el siglo XXI. Hoy tenemos un poder sin precedentes para reclamar una relación directa y probada entre las prioridades establecidas y las acciones que se llevan a cabo para lograrlas. El acceso ilimitado a la información y al conocimiento ha creado un nuevo y sobrealimentado nivel de responsabilidad. Esto ha propiciado una definición más precisa de lo que constituye un compromiso cumplido, una brecha cada vez más estrecha entre nuestras declaraciones y nuestros actos. Como consumidores, tomamos decisiones con un buen nivel de información con respecto a hacer negocios con aquéllos que demuestran poder asociar lo que dicen con lo que hacen. Esto tiene profundas implicaciones para las empresas y para sus líderes.

Durante la última década, he tratado de investigar y documentar la habilidad de las organizaciones para llevar a cabo prácticas de negocio que demuestren la eficacia de sus compromisos con los consumidores, empleados, inversores y el público en general.

Mi trabajo confirma que los intentos fallidos por cumplir los compromisos no son un fenómeno relacionado únicamente con las compañías con problemas o en crisis, ni tampoco del dominio exclusivo de los políticos y los medios de comunicación. Todas las organizaciones, incluidas las mejores y más éticas, corren este riesgo. A pesar de ello, hay recursos disponibles para controlar la cada vez más amplia brecha entre el compromiso y la acción.

EL COMPROMISO NO CUMPLIDO

El 2 de junio de 1998, Royal Caribbean Cruises (RCCL), la segun...