Se avecinan fuertes vientos de cambio para la industria financiera mundial, derivados de las nuevas tecnologías emergentes, una mayor regulación, nuevos competidores, la intervención de los bancos centrales y el desarrollo de los criptoactivos. Se trata de un sistema hiperconectado a nivel global que debe acometer una serie de reformas estructurales que refuercen cada modelo de negocio dentro de la cadena de valor de la industria, para adaptarse a las nuevas demandas de la sociedad, basadas en la eficiencia y la confianza.
La metamorfosis del sistema financiero
Juan Carlos Higueras Redecillas
Business Review (Núm. 332) · Finanzas · Abril 2023
Management & Innovation (Núm. 74) · Finanzas · Abril 2025
En los últimos años, el sistema financiero mundial se está viendo forzado a acometer una profunda transformación, de gran trascendencia, para poder adaptarse a las necesidades de la sociedad y a los cambios del entorno, y así afrontar con garantías los innumerables retos de los próximos años. Unos desafíos que están obligando a rediseñar el modelo de negocio tradicional y que derivan de múltiples condicionantes, como la evolución tecnológica y la digitalización del sector, acelerada por la pandemia por la COVID-19, que han propiciado la aparición de un ecosistema de nuevos competidores globales, mucho más ágiles, con capacidad suficiente para extraer y analizar los datos de millones de personas para diseñar productos y servicios personalizados.
A ello se le ha unido el cambio de los hábitos de consumo de las nuevas generaciones de clientes digitales, que demandan servicios financieros en tiempo real y accesibles desde cualquier lugar, las 24 horas del día. Ello fomenta la necesidad del sector de adaptarse rápidamente a las nuevas tecnologías basadas en el Big Data, la inteligencia artificial, la criptografía y la ciberseguridad.
Asimismo, hay que dar cumplimiento a las mayores exigencias regulatorias en términos de rentabilidad, eficiencia y solvencia, que buscan el fortalecimiento del sistema financiero y que impulsan la consolidación del sector para ganar volumen, como mecanismo de supervivencia. En esta línea, también se debe dar respuesta a las políticas monetarias de los bancos centrales, junto a los efectos del ciclo económico, para mantener la estabilidad del sistema que ejerce de correa de transmisión.
Por último, cabe destacar el desarrollo de criptoactivos y las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC, por las siglas de Central Bank Digital Currency), que promoverán la eliminación gradual del dinero en efectivo y pondrán en tela de juicio el papel que algunos intermediarios financieros juegan en la cadena de valor de la industria.
La fragilidad del sector
Para entender el origen de los cambios que debe abordar el sistema financiero mundial, es importante hacer un recorrido por su historia reciente. En los últimos 15 años ha habido varios eventos que han supuesto pruebas de fuego para una industria que aparentaba una gran resistencia y robustez ante los ciclos y alteraciones del entorno. La caída de Lehman Brothers en 2008 generó la mayor crisis financiera de EE. UU. desde los años de la Gran Depresión, y fue un punto de inflexión en la aparente inmunidad del sólido sistema financiero global. Sirva de ejemplo la fuerte caída en la cotización de grandes instituciones financie-ras especializadas en créditos hipotecarios, como es el caso de Freddie Mac y Fannie Mae en EE. UU., que pasaron de cotizar alrededor de los 65 dólares por acción, en 2007, a caer rápidamente hasta alcanzar menos de medio dólar unos meses más tarde, manteniendo esos niveles en la actualidad.
Como consecuencia, dados los vasos comunicantes del sistema financiero, se produjo un efecto dominó en todos los países, poniendo a prueba el modelo de negocio de las entidades, haciendo peligrar la estabilidad del sistema financiero mundial. Muchas de las entidades, que hasta entonces aparentaban ser sólidas, robustas y solventes, tuvieron que ser rescatadas por el sector público tras haber propiciado agujeros milmillonarios, alimentados por la concesión de préstamos fáciles, sin restricciones. Además, en el caso de la UE, se disparó la prima de riesgo en un entorno de crisis económica, lo que hería de gravedad las cuentas públicas de los países, llegando a poner en duda la viabilidad del euro ante la tormenta financiera, lo que propició las famosas palabras de Mario Draghi: “Whatever it takes”. Así pues, se destinaron fondos para rescatar la economía de algunos países y el sistema financiero de otros, como es el caso de España, que inyectó 58.000 millones de euros en la banca, la mayoría sin devolver a día de hoy, mostrando las grietas del sistema.
Cuando parecía que las aguas volvían a su cauce y que el sistema financiero se estaba recomponiendo, la crisis económica derivada de la COVID-19 volvió a tensar las costuras de la banca hasta el punto de que el Banco Central Europeo (BCE) y la Reserva Federal anunciaron la posibilidad de que hubiesen quiebras bancarias en la zona euro. Por ello, deberían prepararse para tiempos difíciles, ante un aumento significativo de los préstamos dudosos que incrementaría las tasas de morosidad y su efecto sobre los ratios de capital, por el riesgo crediticio frente a un deterioro en la calidad de los activos que la banca mantenía en sus balances. Tal era el miedo a sufrir una nueva crisis financiera que el BCE presionó a las entidades para que no repartiesen dividendos hasta que se despejasen las incógnitas de la pandemia.
De nuevo, en el año 2022, cuando ya parecía que se veía la luz al final del túnel, con una banca recuperada en términos de solvencia y rentabilidad, la guerra de Ucrania volvió a entrar en escena, introduciendo nuevos riesgos para la estabilidad financiera mundial.
Por si fuese poco, en marzo de 2023, asistimos a la quiebra del Silicon Valley Bank y Signature Bank en EE.UU., seguida de problemas con otros bancos europeos, como Credit Suisse. Ello propició una tormenta financiera que tiñó de rojo las bolsas de todo el mundo, por el riesgo de contagio que puede llevar a un efecto dominó global de consecuencias impredecibles. De nuevo, los bancos centrales tuvieron que salir al auxilio para detener la hemorragia, obligándoles a replantear su política monetaria.
Lo que se pone de manifiesto es que la herida del sistema financiero provocada por la crisis de 2008 no se encuentra aún cerrada, y cada nuevo suceso internacional vuelve a abrirla. Por ello, los bancos padecen una fragilidad estructural que deberán resolver con diferentes estrategias y mecanismos, si desean sobrevivir ante los futuros cambios de un entorno rodeado de tensiones geopolíticas, junto a una revolución acelerada de las nuevas tecnologías, que favorecen la entrada de nuevos competidores con mayor eficiencia en costes.
La tecnología como activo estratégico
El sector financiero está tomando conciencia de la relevancia estratégica de la tecnología como eje vertebrador de su futuro modelo de negocio. Hasta ahora, la tecnología y los sistemas de información en la industria han jugado un papel de soporte a la operativa de los procesos de negocio para mejorar la eficiencia en costes, mediante centros de servicios compartidos entre todas las áreas y oficinas, basados en un modelo de “back office”, donde se realiza el grueso de las operaciones, aumentando la productividad y la velocidad y facilitando los intercambios de información entre distintos departamentos. Todo ello, asistido por tecnologías que favorecen la automatización de los flujos de trabajo de los procesos y minimizan los errores del factor humano.
El impulso de la digitalización de la sociedad y la entrada de nuevos actores altamente tecnológicos, junto con la necesidad de mejorar en costes y de buscar nuevas fuentes de ventaja competitiva, están impulsando un cambio cualitativo de la banca en cuanto a sus sistemas de información y canales de relación con sus clientes. La digitalización avanza a buen ritmo, pues el uso de los canales online es cada vez mayor. De hecho, ya hace tiempo que las entidades comenzaron a incrementar el peso de su negocio digital frente al tradicional, basado en la presencialidad en las oficinas y la banca telefónica.
El valor de la información
La industria financiera genera miles de millones de datos cada día, de los que sólo se extrae una ínfima cantidad de información del potencial de generación de valor que pueden llegar a suponer. En general, el sector se ha apoyado siempre en grandes servidores con sistemas diseñados a medida que no disponen de la flexibilidad suficiente para adaptarse y crecer con las nuevas tecnologías. Y mucho menos están preparados para el análisis inteligente y procesamiento de enormes cantidades de datos.
Las tecnologías basadas en el Big Data, data mining y business intelligence están permitiendo avanzar en la digitalización de la industria y obtener información valiosa sobre los clientes, los mercados y las tendencias. Gracias a estas tecnologías, se pueden diseñar nuevos productos o servicios financieros adaptados al perfil de cada cliente mediante el análisis de sus hábitos de compra, inversión o incluso motivaciones personales en función de su histórico financiero. De igual forma, se consigue realizar segmentaciones mucho más certeras para el lanzamiento de nuevas campañas y profundizar en lo que realmente le importa al cliente.
Por tanto, la industria debe desarrollar nuevos sistemas que le permitan gestionar eficientemente la gran cantidad de datos disponibles. Ahora bien, cuanto mayor sea la cantidad de información de que se disponga, mayor será el riesgo de sufrir un ciberataque. Por ello, será necesario invertir mayores recursos para garantizar la integridad y la seguridad de los datos ante fallos de los sistemas y ataques digitales.
La inteligencia artificial
La rápida penetración de la inteligencia artificial (IA), en todos los ámbitos de la economía y la sociedad, va a ser un catalizador de la transformación digital de las entidades financieras, donde la creciente automatización de sus procesos está impulsando el mercado de aplicaciones de IA, llevando a cabo actividades cada vez más complejas sin la intervención humana, permitiendo ahorrar miles de millones de euros.
Gracias a los algoritmos, se podrán mejorar significativamente los procesos de análisis predictivo en la gestión de la morosidad, la detección de patrones de fraude, anticipar ciberataques o generar, en tiempo real, mejores perfiles de riesgo para cada cliente, permitiendo ofrecer productos financieros a la medida, facilitando las decisiones de inversión y gestión de carteras. De momento, en muchas entidades, la IA ya se encuentra presente a través de chatbots conversacionales que permiten resolver dudas y realizar sugerencias en un primer nivel. En algunas empresas, se han desarrollado servicios de gestión pasiva mediante los llamados robo-advisors, algoritmos inteligentes y automatizados que actúan como un gestor virtual de inversión, configurando carteras en función del perfil de cada cliente, con bajas comisiones. Destacan algunos, como MyInvestor, Indexa Capital, Finanbest, Popcoin o InbestMe.
A pesar de ser una tecnología emergente, la IA avanza implacablemente en todas las actividades de la industria financiera. Ya existen numerosas aplicaciones en el sector que permiten analizar perfiles de clientes para la concesión de préstamos (Underwrite.ai), incluso aquellos que no tienen historial crediticio (Zest), detectar el uso fraudulento de tarjetas (DataRobot), analizar masivamente documentos (Ocrolus) o realizar el análisis predictivo de riesgos de mercado para la gestión de carteras de derivados (Derivative Edge).
Los nuevos entrantes: ‘fintech’ y ‘bigtech’
El número de personas que acuden a una oficina bancaria para realizar algún tipo de operativa está disminuyendo paulatinamente, a lo que se añade que la revolución tecnológica del siglo XXI está erosionando las elevadas barreras a la entrada de la industria, abriendo la puerta a nuevos competidores con modelos de negocio más ágiles y mayor capacidad de adaptación dentro de un entorno complejo, convulso, incierto y cambiante. Se trata de los “neobancos”, entidades que ofrecen servicios financieros 100% digitales, que están desafiando el poder de mercado de la banca tradicional, ajustando su modelo con mayor precisión. Estas entidades crecen a gran velocidad gracias a que el uso de la tecnología les permite ser escalables y tener bajos costes fijos, y gracias también a una alta automatización de procesos, que les facilita operar sin oficinas, con un reducido número de empleados, y ofrecer servicios con bajas comisiones para los clientes. Estos nuevos actores nacen atacando uno de los negocios más rentables de la banca, como son los sistemas de pago y las transferencias internacionales en divisas, para posteriormente añadir otros, como tarjetas de débito y crédito, domiciliación de nómina y recibos, operativa de criptomonedas y préstamos.
La chispa que originó la primera plataforma de pagos online, al margen del pago con tarjeta de crédito, fue el auge del comercio electrónico, que dio lugar al nacimiento de PayPal, considerada la primera fintech de la historia y que se estableció como referencia de pagos P2P, facilitando las transacciones online. Más tarde fue adquiriendo nuevas compañías para ampliar su gama de servicios, como es el caso de Venmo, para los pagos con móvil (similar a Bizum en España), o la compañía Xoom, que permite realizar transferencias internacionales, entre otras.
Cada vez es mayor el número de neobancos. Entre los más conocidos en Europa se encuentran Wise, Revolut, N26, Adyen, Bnext, Funding Circle, Klarna, Bnc10 o 2gether. Otros, como Renault Bank, Orange Bank o MyInvestor, ofrecen depósitos remunerados a tipos superiores a los de la banca tradicional, que está apostando por la creación o adquisición de este tipo de compañías como mecanismo para crecer en negocios complementarios, así como para poder esquivar la regulación en fusiones y adquisiciones transfronterizas que no termina de despegar. Algunos ofrecen la misma operativa que cualquier otro banco, como es el caso de Openbank, del Banco Santander, o Nickel, de BNP Paribas.
Otra de las grandes amenazas es la entrada en el mercado de los sistemas de pago de las grandes compañías tecnológicas, que disponen de una amplia base de clientes y operan a escala global. Estas empresas comienzan a ofrecer servicios financieros clásicos, inicialmente de pagos y envíos de dinero, dentro de sus plataformas y como parte de su modelo de negocio, conviviendo junto a servicios como las redes sociales, los servicios de mensajería y el marketplace. Aunque las más destacadas son las conocidas GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple), hay otras como Alibaba, Alipay, Tencent o Baidu que también tienen un fuerte posicionamiento en los servicios de pagos digitales, cuyo volumen supera ya al de tarjetas de crédito como Mastercard o American Express, acercándose al líder del mercado VISA, que procesó pagos por valor de más de catorce billones de dólares en 2022.
Todas ellas cuentan con elevados recursos financieros, tecnológicos y humanos para incorporar rápidamente innovaciones, ampliando la gama y la eficiencia de sus servicios financieros (ver el cuadro 1). Por ejemplo, Tencent tiene más de mil cien millones de usuarios, y a través de WeChat Pay ha anunciado recientemente su intención de sustituir el pago con tarjeta por medios de reconocimiento biométrico como la palma de la mano.
Hacia el fin del efectivo: CBDC y criptomonedas
La aparición de la tecnología blockchain ha dado paso al desarrollo de los criptoactivos, entre los que se encuentran las criptomonedas como bitcoin, los NFT y los contratos inteligentes. Ello está impulsando que tengan un mayor peso dentro de las carteras de los grandes fondos de inversión, así como su creciente uso como medio de pago.
A pesar de su elevada volatilidad y falta de regulación, la banca tradicional no debe perder de vista la evolución de este mercado creciente, ligado a la digitalización financiera. Cada vez es mayor el número de compañías sin regular que utilizan criptomonedas para proporcionar servicios financieros, generando un trasvase de capitales y clientes de las entidades tradicionales a estas nuevas.
La descentralización que posibilita la tecnología blockchain, unida a los servicios financieros basados en criptoactivos, puede poner contra las cuerdas a las entidades en el futuro, pero si deciden entrar a competir, los riesgos son elevados por la falta de regulación, pudiendo afectar a sus cuentas de resultados y amenazando la estabilidad del sistema financiero. Sólo en 2022 se procesaron pagos con Tether por valor de 18,2 billones de dólares.
Otro de los desafíos de la industria es la futura puesta en marcha del dinero digital emitido por los bancos centrales (CBDC), que ofrece una serie de ventajas sobre el dinero depositado en los bancos. Una de ellas es que estaría garantizado frente a los depósitos bancarios, que tienen un límite ante una quiebra bancaria, o bien que las transacciones, incluidos los pagos internacionales, podrían no conllevar coste ni la necesidad de cambiar la divisa. Incluso permite que las operaciones se realicen de forma inmediata las 24 horas del día. Por tanto, disminuye el coste del uso del efectivo, favorece las operaciones transfronterizas y aumenta la velocidad, eliminando la necesidad de intermediarios financieros, puesto que todo se ejecutaría desde los bancos centrales.
Conclusiones finales
El sector financiero se ha convertido en el motor de la economía, y es evidente que la banca y la mayoría de los agentes del sistema no van a desaparecer en las próximas décadas, pues hay muchos intereses cruzados que no lo pondrán fácil. Sin embargo, no es menos evidente que el sector financiero tradicional necesita una metamorfosis, pues se enfrenta a los mayores desafíos estructurales de toda su historia. Para superarlos con éxito, tendrá que acometer una profunda reestructuración, tanto interna, a nivel de modelo de negocio, como externa, en cuanto a la estructura de la cadena de valor de esta industria.
En este contexto, los actores tradicionales deberán integrarse dentro de un gran proceso de consolidación, alcanzando la suficiente masa crítica para competir contra los nuevos participantes que operan a escala global, amparados bajo el paraguas de la innovación tecnológica, buscando ser más eficientes y eficaces. Sin embargo, el desarrollo de los criptoactivos, junto a la implantación de las divisas digitales CBDC, cuestiona el papel actual de los intermediarios, lo que obligará a todos los participantes a definir cómo su modelo de negocio puede aportar valor dentro de toda la cadena de valor si no quieren estar condenados a desaparecer.
En definitiva, la digitalización del sector conllevará la máxima automatización de los procesos, favorecida por la IA, oleadas de fusiones y adquisiciones transfronterizas, el incremento de recursos para luchar contra los peligros informáticos, la desaparición futura de las oficinas y de miles de empleados del negocio financiero tradicional. Todo ello cambiará sustancialmente el panorama de una industria que pronto no tendrá nada que ver con la actual.
Juan Carlos Higueras Redecillas
Director del máster en International Business y del Global MBA, así como profesor de Estrategia, Finanzas y Emprendimiento en EAE Business School ·
Conferenciante, analista económico y profesor de posgrado de Estrategia empresarial, Emprendimiento y Finanzas Corporativas en EAE Business School.
Juan Carlos Higueras tiene una formación amplia y multidisciplinar que cubre las áreas de economía, empresa y tecnología. Es Ingeniero de Telecomunicación por la Universidad Politécnica de Madrid, Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Complutense de Madrid. Además ha cursado diferentes estudios de posgrado por los que es Master en Administración y Dirección de Empresas (MBA) por IE Business School, DEA en Finanzas de Empresa por la Universidad Autónoma de Madrid y Doctor (Ph.D) en Economía de la Empresa y Finanzas por La Universidad Rey Juan Carlos.
Tiene más de 30 años de experiencia profesional en conocidas firmas donde ha ocupado diversos puestos directivos en empresas del sector de las telecomunicaciones y en consultoría estratégica de negocio, entre las que destacan Telefónica y Arthur Andersen, entre otras, siendo actualmente analista económico y consultor en estrategia empresarial y valoración de empresas, así como mentor de emprendedores siendo miembro de la Asociación Española de Mentoring (AMCES).
Además, tiene experiencia como emprendedor en el sector de la formación y consultoría para alta dirección, así como en el sector salud donde fue propietario de una franquicia de una conocida enseña con presencia internacional.
En el área docente, desde hace 25 años, es profesor de Análisis Estratégico, Business Plan y Finanzas en diversas escuelas de negocio en España, así como en otras escuelas de posgrado internacionales donde participa como profesor invitado, tanto en programas reglados como impartiendo formación In-Company a directivos de conocidas firmas empresariales e instituciones. Además, es miembro habitual en tribunales de valoración de proyectos empresariales y también ha dirigido más de 200 tesis fin de master durante su trayectoria académica y ha mentorizado cerca de 100 proyectos de empresa.
Entre las principales áreas de interés se encuentran la Inteligencia Artificial, Big-Data, Criptoactivos, Fintech, Economía Mundial y la Geoestrategia, así como su impacto sobre el mundo financiero y empresarial. A nivel de investigación científica ha publicado artículos en revistas científicas indexadas y sigue realizando estudios empíricos sobre los anteriores temas.
Conferenciante y autor de numerosos artículos de opinión en prensa (El Economista, Cinco Días, Expansión, La Razón, El Español-Invertia, entre otras) y revistas divulgativas especializadas, entre las que destaca la colección de Harvard Deusto. También ha publicado numerosos informes de actualidad económica (deuda pública, sector inmobiliario, COVID-19, pensiones, …) que han tenido fuerte impacto y participa en debates sobre economía, empresa y tecnología en programas de televisión y radio (Intereconomía, RNE, Onda Cero, Radio 4, COPE, Trece TV, TVE, Telemadrid, CLM TV, Negocios TV, El Quilombo, Agencia EFE, entre otros).


