La ventaja ya no está en el software
El sector opina
SO
Sara Orra
Management & Innovation (Núm. 84) · TIC · Abril 2026
Hannah Arendt distinguió entre labor, trabajo y acción. El primer concepto sostiene la vida, el segundo construye mundo y el tercero nos sitúa frente a los otros, en ese espacio donde lo que hacemos termina por revelar quiénes somos. Pocas claves sirven mejor para leer este momento; también porque seguir llamando software a lo que está ocurriendo empieza a sonar insuficiente, casi extemporáneo. El valor cambia de lugar y empieza a concentrarse en el trabajo que la inteligencia artificial ya puede ejecutar.
Hace poco, Julien Bek, socio de Sequoia Capital, redujo el argumento a una proporción difícil de ignorar. Por cada dólar que una empresa destina a software, alrededor de seis se invierten en servicios y trabajo humano. La parte más vasta del mercado sigue estando fuera del software. Y es ahí donde se mantiene el centro de gravedad del negocio. A la velocidad que imprime la IA, el cajón de las herramientas empieza a quedarse pequeño cuando lo que entra en juego deja de ser solo apoyo y empieza a llamarse ejecución.
En la formulación de Bek, la tecnológica de un billón de dólares conservará la forma del software, pero responderá a una economía de servicios. Dejará de asistir al profesional para empezar a hacerse cargo de la tarea y a entregar el resultado. Ahí se cifra la diferencia decisiva. Un copiloto mejora la herramienta, mientras que un sistema autónomo vende el trabajo. En ese giro concluye la lógica de la herramienta.
Basta mirar dónde pesa el gasto. En muchas compañías, ventas y marketing consumen entre el 30 % y el 50 % de los ingresos, mientras que la tecnología apenas supone entre el 2 % y el 5 %. Cuando la IA actúa solo sobre ese margen, optimiza una fracción de una fracción. El salto real empieza cuando entra en la ejecución del trabajo.
En el sector hipotecario, la tesis adquiere cuerpo. Bancos y equipos especializados destinan entre el 50 % y el 60 % de sus ingresos al cost of sales, mientras que el software rara vez supera el 2 % o el 4 % del gasto total. El movimiento aparece al otro lado, allí donde la IA deja de ser periférica y entra en la ejecución del proceso, analiza perfiles, valida documentación y coordina en segundos.
Se empieza a constatar cómo procesos que exigían semanas comienzan a resolverse en horas, comprendiendo que la escalabilidad solo genera valor cuando el proceso está definido con precisión. La conversación seria sobre IA empieza ahí, y aunque, probablemente, no sustituya a las instituciones financieras, sí alterará de forma profunda la gramática operativa de muchos de sus procesos.
La ventaja competitiva ya no dependerá del mejor software, sino de la mejor infraestructura para ejecutar el trabajo. El software fue solo la primera piel. Seguir llamándolo así empezará a desprender un olor a naftalina.
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