Los mercados ya no cambian en ciclos predecibles, sino que lo hacen de forma constante. ¿Cómo abordar el marketing cuando el futuro no se puede prever? La respuesta no está en abandonar la estrategia, sino en hacerla más flexible.
Marketing adaptativo para convertir la incertidumbre en oportunidad
JT
Jorge Toma
Business Review (Núm. 370) · Márketing · Octubre 2026
Peter Drucker, uno de los pensadores que más influyó en la gestión empresarial del siglo XX, condensó el desafío central del marketing actual en una frase: “La mejor manera de predecir el futuro es creándolo”1. Durante décadas, la disciplina operó bajo una premisa cómoda: que el mercado podía estudiarse, anticiparse y planificarse. Sin embargo, la volatilidad es hoy la condición permanente del entorno, y los hábitos del consumidor evolucionan más rápido de lo que cualquier estudio logra capturar.
Ante esta realidad, las empresas se dividen en dos grupos: las que esperan confirmación de las tendencias, y siempre llegan tarde, y las que han entendido que deben lanzarse a probar, medir y ajustar, convirtiendo la incertidumbre en una fuente de aprendizaje y no en motivo de parálisis.
Esta lógica fue descrita con precisión por Rita Gunther McGrath, quien documentó cómo las ventajas competitivas que antes perduraban décadas hoy se desvanecen en meses2. Para el marketing, la idea es transformadora: la marca, el mensaje y hasta el modelo de negocio deben diseñarse para ser modulares y reconfigurables, adaptados a un mercado inestable.
Este marketing adaptativo no supone una renuncia a la planificación, sino una forma distinta de pensar la relación entre el análisis, la acción y el aprendizaje. Es la capacidad de leer el mercado sin esperar a que los datos confirmen lo que ya es evidente, de probar hipótesis en lugar de esperar certezas y de convertir la incertidumbre en una fuente de ventaja.
Un modelo circular
El marketing en modo adaptativo se estructura sobre un modelo de tres dimensiones que permite a las empresas transformar la volatilidad en una ventaja competitiva real. No se trata de herramientas aisladas, sino de un sistema interconectado que responde al compás del mercado.
Para entender su lógica, conviene mirar hacia una práctica japonesa milenaria: el kintsugi. Este arte repara la cerámica rota rellenando sus grietas con polvo de oro, sin ocultarlas ni desechar la pieza. Su filosofía es profunda: la fractura no es una imperfección que deba negarse, sino una parte constitutiva de la historia del objeto que, bien trabajada, puede volverse su rasgo más valioso. Lejos de pretender un retorno a la perfección original, el kintsugi celebra la evidencia del paso del tiempo y de la adversidad, elevándola a categoría de belleza.
Aplicada a los ne...
Jorge Toma
Director del grado de Marketing en la Universidad de Lima ·


