Del piloto automático a la presencia

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Del piloto automático a la presencia Del piloto automático a la presencia
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Manuela Rama

Business Review (Núm. 369) · Habilidades directivas

Te levantas por la mañana, miras el móvil casi sin darte cuenta, respondes algún mensaje, organizas el día. Antes de detenerte un instante para preguntarte cómo estás y cómo quieres afrontar la jornada, ya estás dentro del ritmo. Durante el día, algunos pensamientos se repiten como un murmullo constante: “No me da la vida”, “No tengo tiempo para nada”, “Esto no hay quien lo aguante”. No es algo puntual. Es una forma de vivir.

Para Aristóteles, somos aquello que practicamos repetidamente. Nuestra vida está tejida por hábitos: maneras de hacer, pensar y relacionarnos que repetimos hasta volverlas invisibles. Nos permiten funcionar y responder a las exigencias cotidianas, pero también pueden convertirse en un piloto automático que termina dirigiendo nuestra vida sin que apenas lo advirtamos.

Sin embargo, detrás de cada acción hay una intención, que proviene del latín intendere: tender hacia. Habla de la dirección que damos a nuestra atención, energía y decisiones.

El hábito responde a una pregunta: “¿Qué hago?”. La intención responde a otra distinta: “¿Hacia dónde quiero ir?”. Ambas no siempre caminan juntas: puedes tener la intención de escuchar más y el hábito de interrumpir; puedes querer cuidarte y vivir atrapado en la prisa; puedes desear relaciones más auténticas y seguir evitando conversaciones incómodas... Es precisamente en esa distancia donde muchas veces nace el malestar.

Una cuestión clave es cómo transformar la intención en hábitos que generen resultados con sentido.

 

La tiranía de la exigencia

Como señala Byung-Chul Han, vivimos en una cultura donde el “puedes” ha sustituido al “debes”. El ideal ya no es obedecer, sino superarse constantemente. Podemos más. Debemos poder más. Rendir, crecer, optimizarnos.

Lo que comienza como una intención legítima termina convirtiéndose en un hábito: responder de inmediato, no descansar, no fallar, mantenerlo todo bajo control. La voluntad de crecer se transforma en una exigencia permanente casi sin darnos cuenta. ¿Cuántas veces sigues haciendo sin preguntarte si todavía tiene sentido?

Frente a este agotamiento emerge otro movimiento que Han describe con lucidez. Si la sociedad del cansancio nos empuja a producir sin pausa, la sociedad paliativa nos lleva a evitar todo aquello que duele. Desarrollamos el hábito de suavizar conflictos, posponer conversaciones difíciles y llenar cada espacio vacío con distracciones. Nos cuesta permanecer con la incertidumbre, la tristeza o la frustración. Queremos sentirnos bien cuanto antes.

En esta dirección resuena la crítica de Barbara Ehrenreich en Sonríe o muere. Cuando la positividad se convierte en mandato, deja de acompañar y comienza a silenciar, como si el dolor fuera un error que hubiera que corregir, en lugar de una experiencia que merece ser escuchada. ¿Qué estás evitando sentir? ¿Qué conversación importante llevas demasiado tiempo posponiendo?

Nos exigimos hasta agotarnos y, al mismo tiempo, evitamos aquello que nos incomoda. El hábito de hacer sin parar y el hábito de no escuchar lo que sentimos terminan alimentándose mutuamente.

 

El papel de la disposición

Los estoicos añadieron una distinción valiosa: la disposición. No basta con actuar correctamente ni con tener buenas intenciones, también importa desde dónde actuamos. La disposición es el sustrato emocional y ético desde el que interpretamos la realidad, nos relacionamos con los demás y tomamos decisiones. Una disposición de apertura favorece la escucha. Una disposición marcada por la prisa o la necesidad de control la dificulta, aunque la intención sea buena. Podríamos decir que la disposición es la raíz; la intención es la dirección, y el hábito, el fruto visible.

La pregunta, entonces, deja de ser únicamente qué hacemos y pasa a ser esta: “¿Desde dónde lo hacemos?”. Dicha reflexión no es únicamente teórica. En los procesos de aprendizaje y desarrollo, observamos con frecuencia cómo las personas intentan modificar comportamientos sin detenerse a comprender aquello que los sostiene.

Transformar un hábito rara vez consiste únicamente en proponérselo. Requiere hacerlo visible, comprender las conversaciones que mantenemos con nosotros mismos y revisar la disposición desde la que interpretamos la realidad y tomamos decisiones.

A menudo descubrimos que el verdadero desafío no está en saber qué hacer, sino en observar qué nos impide hacerlo. Cuando los hábitos se vuelven automáticos y las intenciones dejan de responder a lo que verdaderamente valoramos, la elección consciente cede terreno a la inercia.

 

Una pausa necesaria

La invitación es tan sencilla como exigente: detenernos. Observar qué repetimos cada día y qué estamos cultivando con nuestras acciones. De lo que haces hoy, ¿qué sigue teniendo sentido para ti? ¿Y hacia dónde querrías empezar a orientarte?

No se trata de hacer más ni de sentir menos. Se trata de revisar aquello que está guiando nuestras elecciones. Porque sabemos muchas cosas sobre aquello que nos hace bien. Sin embargo, el conocimiento por sí solo no transforma nuestra vida. Nos transforma aquello que practicamos.

Ahí se juega una de las decisiones más importantes de nuestra vida: seguir viviendo desde el piloto automático o recuperar la presencia para elegir, una vez más, quién queremos ser y la huella que queremos dejar en las personas que nos rodean. Porque, al final, entre la disposición, la intención y el hábito no solo se juega lo que hacemos. Se juega la forma en que habitamos nuestra vida y el impacto que dejamos en la vida de los demás.

 

Manuela Rama

Manuela Rama, coach y coordinadora académica de Escuela Europea de Coaching en Barcelona

Manuela Rama

Coach y coordinadora académica de Escuela Europea de Coaching en Barcelona ·

Coach y coordinadora académica de Escuela Europea de Coaching en Barcelona

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