La mayoría de las empresas tratan el trabajo distribuido –ya sea híbrido, a distancia o potenciado por la IA– como un problema logístico, sin abordar un reto más profundo: cómo mantener a las personas conectadas a un todo más amplio, al tiempo que se permiten diferencias que favorezcan la productividad. Si logran esa “proximidad”, las organizaciones pueden convertir el trabajo distribuido en una fuente de adaptabilidad, coherencia y rendimiento, en lugar de fragmentación.
El reto de la “proximidad” en el trabajo distribuido
SR
Sebastian Reiche
Business Review (Núm. 371) · Recursos humanos · Noviembre 2026
Pensemos en dos organizaciones que han adoptado el trabajo híbrido. La primera cuenta con una política bien diseñada: tres días en la oficina y dos en casa. Las herramientas de colaboración están estandarizadas y se han implantado asistentes de IA en todos los equipos. Los altos directivos respaldan públicamente la flexibilidad. Sin embargo, la cultura parece más débil que antes. Los equipos se coordinan, pero no llegan a conectar del todo. Los empleados hablan de la organización en tercera persona. Las reuniones son eficientes, pero les falta vida.
La segunda organización parece muy similar sobre el papel. Cuenta con una política parecida, herramientas semejantes, una inteligencia artificial análoga y una flexibilidad equivalente. Pero algo importante las diferencia. Los empleados sienten un propósito común que va más allá de su equipo inmediato. La autoridad se basa en el conocimiento experto, en lugar de recurrir por defecto a la jerarquía. Los desacuerdos salen a la luz pronto y mejoran las decisiones. El trabajo interfuncional es exigente, pero no siempre tenso. La diferencia está en la “proximidad”.
Durante años, las organizaciones han tratado el trabajo híbrido sobre todo como un desafío logístico. Pero el problema más profundo es organizativo, y va mucho más allá del trabajo híbrido. Hoy en día, el trabajo se distribuye entre distintas ubicaciones, funciones, generaciones y, cada vez más, entre personas y sistemas de IA. En cada caso, el reto consiste en cómo mantener a las personas conectadas a un todo más amplio cuando se han debilitado los mecanismos informales que antes sustentaban el sentido de pertenencia, la coordinación y el encaje mutuo.
El espacio compartido solía hacer algo más que facilitar el trabajo. Ayudaba a las personas a asimilar las normas, a percibir la interdependencia y a mantener un sentido de conexión con algo más amplio que su equipo inmediato. En entornos distribuidos, gran parte de ese trabajo integrador silencioso se desvanece. Lo que a menudo lo sustituye son más reuniones, más supervisión y más procesos. Esas alternativas pueden mantener el flujo de trabajo, pero contribuyen en menor medida a preservar el tejido social que ayuda a las personas a coordinarse a pesar de las diferencias en cuanto a conocimientos especializados, ubicación geográfica, estilo de trabajo y expectativas.
Por eso, el principal reto del trabajo distribuido no es la distancia en sí misma. Se tra...
Sebastian Reiche
Profesor ordinario de Dirección de Personas en las Organizaciones y vicedecano para el personal docente en IESE Business School ·


