Liderazgo y lealtad

Liderazgo y lealtad Liderazgo y lealtad

Los líderes esperan que sus seguidores sean fieles y poder depender de su lealtad. Por eso nuestra reacción es tan visceral cuando un David Radler arremete contra un Conrad Black o cuando un Andrew Fastow coopera con la fiscalía para proporcionar pruebas contra sus superiores en Enron. Expresiones emotivas como delatar o morder la mano que da de comer acaban surgiendo en comentarios, por lo demás serios. Traen a la memoria prohibiciones de la infancia sobre chivarse.

Se sabe que los propios líderes caen en ataques de ira seguidos de períodos de un profundo dolor e incluso depresión cuando descubren que ya no cuentan con el apoyo que esperaban. Y las personas acaban pagando un precio excesivo cuando sus líderes llegan a la conclusión de que ya no son leales y no se puede confiar en ellas para que hagan lo que se les pide, y descubren que se las deja de lado en la toma de decisiones y se sienten rechazadas personalmente.

QUIERO LEALTAD, NO FIDELIDAD FEUDAL

Tanto la lealtad como la fidelidad feudal tienen una cosa en común: exigen obediencia, adhesión y fidelidad. Sin embargo, difieren en un aspecto importante: la lealtad engloba el concepto de obediencia a una autoridad a la que se debe fidelidad de forma legítima y moral; en cambio, la fidelidad feudal describe la fidelidad de un vasallo, esclavo o arrendatario feudal hacia su señor o amo o, en la jerga moderna, la fidelidad incondicional de una persona hacia su jefe.

La fidelidad feudal es peligrosa en las corporaciones y en otras organizaciones sociales. Lleva a que acciones poco éticas, corruptas y por lo general ilegales afecten a muchos en lugar de sólo a unos pocos; además, fomenta que se oculten tales acciones algunas veces hasta el punto de obstruir la justicia. La lealtad, en cambio, es una dimensión positiva de los negocios, ya que proporciona una energía que une a las personas en la consecución de objetivos que valen la pena.

La fidelidad feudal se puede conseguir por coacción o se puede comprar. Por consiguiente, cuando ya no existe la relación de poder o le ofrecen a uno un "acuerdo" mejor en otro lugar –por parte de otro empleador o de un fiscal que ofrece una condena más benévola–, el vínculo de la fidelidad se rompe. Esto no es un acto de deslealtad, sino más bien un reconocimiento tardío de que el vínculo se basaba tan sólo en el interés personal. Cuanto más ilustrado sea ese egoísmo, mayor será el número de individuos que ac...