¿Pueden los líderes desarrollar su inteligencia emocional?

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¿Pueden los líderes desarrollar su inteligencia emocional? ¿Pueden los líderes desarrollar su inteligencia emocional?

Los líderes necesitan algo más que capacidad cognitiva y visión estratégica para ser eficaces. Este artículo sostiene que la inteligencia emocional puede desarrollarse mediante formación específica y presenta las principales conclusiones de un programa diseñado para ello, con dos dimensiones complementarias: la interpersonal y la intrapersonal.

En entornos organizativos marcados por la rápida evolución tecnológica, la incertidumbre y la complejidad, la eficacia del liderazgo exige algo más que capacidad cognitiva, conocimientos técnicos y visión estratégica. Las capacidades emocionales de los líderes también influyen en los resultados individuales, de los equipos y de las organizaciones.

La inteligencia emocional (IE) es uno de los recursos cognitivo-emocionales del ser humano y, en las últimas décadas, ha despertado un creciente interés entre los investigadores.

La pregunta es, por tanto: ¿pueden los líderes desarrollar su inteligencia emocional mediante una formación específica? Este artículo sostiene que sí y presenta las principales conclusiones de un programa diseñado con este propósito e impartido a un grupo de líderes.

Partiendo de la distinción de Gardner entre inteligencia interpersonal e intrapersonal (Gardner, 1983), el artículo entiende la IE como la combinación de dos dimensiones complementarias:

La IE interpersonal permite comprender las emociones, intenciones y deseos de los demás, conectar con ellos de forma empática y favorecer estados emocionales constructivos. Esta sintonía, por ejemplo, ayuda a consolar, reducir la ansiedad y animar a las personas a perseguir objetivos más ambiciosos. La empatía garantiza la coherencia entre las verdaderas intenciones del líder y su comportamiento, preserva su “rectitud de intención” y genera confianza.

La IE intrapersonal determina cómo se relaciona el líder consigo mismo. Le permite reconocer y regular sus emociones, recuperar la estabilidad ante la adversidad y preservar su equilibrio y “paz interior”. De este modo, refuerza su bienestar psicológico y eficacia.

A partir del marco conceptual y la metodología del programa, el artículo explica cómo fortalecer ambas dimensiones.

 

Inteligencia emocional interpersonal

En 1983, Howard Gardner presentó su teoría de las inteligencias múltiples, que incluía la inteligencia interpersonal y la intrapersonal. Las consideraba distintas porque procesan diferente información y permiten afrontar problemas diferentes.

Aunque Gardner no utilizó el término “inteligencia emocional”, sus conceptos de inteligencia interpersonal e intrapersonal se corresponden en gran medida con las capacidades que Salovey y Mayer (1990), y posteriormente Goleman (1995), reunieron bajo un único concepto: la inteligencia emocional.

Sin embargo, la IE interpersonal y la intrapersonal abordan retos de liderazgo diferentes. Se apoyan en recursos mentales y dinámicas propias, y requieren estrategias y habilidades específicas. Este artículo las trata, por ello, como dimensiones distintas y complementarias.

Definimos la IE interpersonal como la capacidad de: (1) reconocer las emociones, intenciones y deseos de los demás; (2) conectar emocionalmente y empatizar con ellos; y (3) influir en esos estados y, cuando sea necesario, ayudar a transformarlos.

Una IE interpersonal elevada exige solidez en las tres capacidades. Sin empatía, por ejemplo, reconocer las emociones e influir en ellas no basta.

Su desarrollo requiere reconocer su importancia, comprometerse a fortalecerla y aplicar de forma constante prácticas eficaces.

Entre las prácticas recomendadas se encuentran las siguientes:

1. Leer buenos libros. Representan interacciones humanas llenas de matices y permiten aprender indirectamente de situaciones que podríamos vivir.

2. Centrarnos en la persona que tenemos delante. Observar sus señales verbales y no verbales, incluidos el tono de voz y el lenguaje corporal.

3. Conocer a quienes nos rodean más allá del trabajo. Conocer mejor a las personas fortalece las relaciones y crea vínculos que trascienden las necesidades laborales inmediatas.

4. Recordar lo que los demás comparten con nosotros. Retener detalles, historias y acontecimientos importantes para la otra persona. Anotarlos y repasarlos antes de futuros encuentros puede resultar útil.

5. Mantener “bifocalidad” durante las conversaciones. Prestar mucha atención tanto al contenido y objetivo de la conversación como a la persona con la que hablamos.

6. Cuidar la comunicación no verbal. Asegurar que nuestros gestos y señales sean coherentes con nuestras intenciones.

7. Prestar atención a las señales que transmitimos. Nuestro comportamiento puede comunicar involuntariamente mensajes negativos. Por ejemplo, interrumpir una conversación para contestar una llamada puede indicar que ésta importa más que nuestro interlocutor. Si la llamada es urgente, debemos explicarlo y disculparnos; si no, podemos devolverla después.

8. Ser empáticos. Comprender los sentimientos de los demás e implicarnos emocionalmente con ellos es esencial para construir relaciones interpersonales auténticas.

9. Utilizar la intuición. Recurrir a ella para interpretar las señales verbales y no verbales que observamos.

10. Saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio. Valorar si el contexto exige una contribución verbal o un silencio deliberado y constructivo.

11. Elegir cuidadosamente las palabras. A veces, una expresión aparentemente inofensiva puede transmitir algo que no pretendíamos, como “¡No seas tonto!”.

12. “Mirar a los ojos”. Especialmente en las culturas occidentales, un contacto visual respetuoso transmite apertura, confianza y transparencia.

 

Aunque numerosas y exigentes, todas estas prácticas convergen en un principio: la generosidad y la preocupación sincera por los demás. Para aplicarlas simultáneamente, proponemos el concepto unificador de “cuidar de forma auténtica” de las personas para desarrollar la propia IE interpersonal.

Para que el cuidado sea auténtico, deben cumplirse dos condiciones:

• Veracidad: lo que decimos, expresamos y hacemos debe ser genuino y verdadero; debe reflejar lo que realmente pensamos, sentimos y pretendemos.

• Incondicionalidad: nuestro comportamiento debe responder a una preocupación sincera por los demás, no a intereses ocultos, cálculos instrumentales o expectativas de beneficio personal.

 

Si alguna de estas dos condiciones no se cumple, la autenticidad queda comprometida y es probable que los demás perciban de inmediato esa falta de coherencia.

 

Inteligencia emocional intrapersonal

Al igual que la IE interpersonal, la inteligencia emocional intrapersonal comprende tres capacidades: (1) conocerse a uno mismo; (2) ser consciente de las propias emociones; y (3) regularlas o controlarlas, es decir, “guiarlas”, “ocultarlas” o incluso “forzarlas” cuando resulte apropiado.

La IE intrapersonal es una puerta hacia la felicidad, como veremos más adelante. Para comprenderla plenamente, debemos analizar primero la naturaleza de las emociones y cómo las genera el cerebro.

 

Las emociones

Numerosos estudios demuestran que las emociones influyen en nuestra forma de pensar, actuar y relacionarnos, tanto en el trabajo como en la vida personal. Las emociones positivas pueden reforzar la motivación, el esfuerzo, la cooperación, la creatividad, el rendimiento, la satisfacción laboral, el bienestar y las relaciones entre líderes y colaboradores. También favorecen la salud física y la satisfacción vital. Comprenderlas resulta, por tanto, esencial.

El dibujo animado de Pixar “Del revés” ofrece una representación divertida de las cinco emociones básicas: felicidad, ira, miedo, tristeza y asco. Abordaremos la felicidad más adelante; aquí nos centraremos en las tres emociones desagradables más relevantes para el liderazgo: ira, miedo y tristeza. Aunque resulten desagradables, todas pueden cumplir una función útil. Una ira breve y moderada moviliza energía frente a amenazas físicas o simbólicas y favorece la asertividad y la perseverancia; un miedo regulado promueve la prudencia, la vigilancia y la prevención; y la tristeza nos invita a detenernos, reflexionar sobre una pérdida o adversidad y decidir cómo afrontarla.

Sin embargo, cuando estas emociones se intensifican o prolongan, pueden perjudicar el bienestar psicológico y físico. La amígdala, una estructura clave del sistema límbico, responde rápidamente a las amenazas percibidas y activa las hormonas del estrés antes de que la corteza prefrontal, responsable del análisis racional y la resolución de problemas, evalúe plenamente la situación. Los impulsos emocionales pueden imponerse entonces al juicio reflexivo, en lo que Goleman (1995) denomina “secuestro neuronal”, y generar espirales de pensamientos negativos que se retroalimentan. La ira puede provocar rigidez y falta de criterio; el miedo, pensamientos catastrofistas y ansiedad; y la tristeza, rumiación, autocrítica, aislamiento e incluso depresión.

La regulación comienza con el autoconocimiento: reconocer y aceptar la emoción y asumir la responsabilidad de gestionarla. Ante la ira, conviene distanciarse de la situación desencadenante hasta que disminuya la activación fisiológica. Frente al miedo, pueden ayudar la respiración controlada o diafragmática, la actividad física, una alimentación adecuada, la relajación y la música. También es importante identificar, cuestionar y reformular los pensamientos negativos antes de que formen espirales emocionales. Compartir nuestras preocupaciones con personas de confianza reduce la percepción de amenaza, corrige valoraciones exageradas y restablece el equilibrio. La tristeza también puede regularse cuestionando creencias distorsionadas, buscando apoyo y centrándonos en actividades que aporten sentido y satisfacción. El objetivo no es reprimir estas emociones, sino comprender sus señales, interrumpir las espirales negativas asociadas a la amígdala y dejar que el juicio racional guíe nuestra respuesta.

La amígdala está formada por dos pequeñas estructuras con forma de almendra, una en cada hemisferio cerebral. A pesar de su reducido tamaño, ejerce una poderosa influencia sobre nuestras respuestas emocionales. Sin embargo, la amígdala no puede evaluar racionalmente ni resolver los problemas que desencadenan esas respuestas; estas funciones dependen principalmente de la corteza prefrontal.

 

La IE Intrapersonal

En situaciones difíciles, la IE intrapersonal nos ayuda a regular nuestras emociones, recuperar el equilibrio y responder de manera constructiva. Nos permite superar la reacción emocional inicial, activar el juicio racional e identificar la forma más adecuada de actuar. De este modo, la adversidad puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje y crecimiento. En definitiva, la IE intrapersonal nos ayuda a “volver a levantarnos” frente a las adversidades y a seguir avanzando.

El desarrollo de la IE intrapersonal comienza por reconocer su importancia y asumir el compromiso de fortalecerla. Este proceso se centra en tres ámbitos:

• El autoconocimiento, la autoaceptación y la autoestima.

• Un propósito vital claramente definido.

• El cultivo de la paz interior y la felicidad.

Antes de profundizar en el propósito y la felicidad, debemos plantearnos una pregunta más fundamental: ¿qué motiva al ser humano? ¿Qué impulsa nuestras decisiones, nuestra perseverancia y nuestro sentido de realización? El concepto japonés de ikigai ofrece un marco útil para comprender esta motivación.

 

IKIGAI

El término japonés ikigai suele traducirse como “razón de ser” o “propósito vital”: el significado que aporta coherencia y dirección a nuestra existencia. En el ámbito profesional, representa la convergencia entre lo que hacemos, el valor que generamos y la realización, el bienestar y la felicidad derivados de esa contribución (García y Miralles, 2016).

 

Figura. El modelo IKIGAI

 

La figura muestra una representación ampliamente utilizada del modelo ikigai, compuesta por cuatro elementos, y su relación con distintas dimensiones de la motivación humana.

El modelo comprende cuatro componentes:

• Lo que hacemos bien: nuestras habilidades y competencias.

• Lo que nos gusta: las actividades con las que disfrutamos.

• Lo que pueden pagarnos: el valor económico de nuestro trabajo.

• Lo que el mundo necesita: el impacto positivo de nuestro trabajo en la sociedad.

 

El modelo plantea que se puede alcanzar la felicidad y una realización duraderas cuando existe un equilibrio entre estos cuatro elementos: somos competentes en nuestro trabajo, disfrutamos realizándolo, recibimos una remuneración adecuada y contribuimos a la sociedad. Alinear estos elementos refuerza la motivación y el compromiso, y aporta mayor sentido al trabajo.

Analizado desde el marco de Pérez López (1991), el modelo de ikigai integra tres dimensiones de la motivación humana:

• Motivación intrínseca: realizar una actividad por el interés, el disfrute y la satisfacción que proporciona la actividad misma (“lo que nos gusta”).

• Motivación extrínseca: realizar una actividad para obtener recompensas o compensaciones externas (“lo que pueden pagarnos”).

• Motivación trascendente: actuar para beneficiar a otras personas o contribuir positivamente a la sociedad (“lo que el mundo necesita”).

 

En conjunto, el modelo de ikigai y el marco de Pérez López ofrecen una visión integral de los factores que impulsan el comportamiento humano.

La tabla siguiente explica estas motivaciones a partir de los prefijos latinos que componen sus nombres, facilitando su comprensión y recuerdo. Distinguir claramente estas tres formas de motivación es esencial para comprender cómo se construyen el propósito, el sentido, la felicidad y el bienestar duradero.

 

Tabla. Motivación intrínseca, extrínseca y trascendente

 

Felicidad

En su libro La auténtica felicidad (2004), Martin Seligman analiza la felicidad y propone una serie de pautas prácticas para incrementarla, identificando sus factores determinantes con la siguiente fórmula:

Felicidad = R + C + V

donde R = Rango fijo, C = Circunstancias y V = Voluntad.

 

Rango Fijo (R)

Una parte de nuestra felicidad está condicionada genéticamente. El “rango fijo” marca los límites mínimo y máximo entre los que nuestro nivel habitual de felicidad puede fluctuar. Aunque Seligman considera que no puede modificarse, avances posteriores en neurociencia sugieren que la plasticidad cerebral permitiría cierta evolución con el tiempo.

 

Circunstancias (C)

Las circunstancias externas también influyen en la felicidad, aunque su efecto varía y algunas son difíciles de cambiar. Por ejemplo:

• Dinero. Un mayor nivel de ingresos aumenta el bienestar hasta cubrir las necesidades básicas y asegurar un nivel de vida razonable. Superado ese umbral, cada incremento adicional aporta cada vez menos felicidad.

• Matrimonio. Cerca del 40% de las personas casadas se consideran muy felices, frente al 24% de las solteras. Sin embargo, la calidad de la relación es decisiva: quienes viven un matrimonio infeliz o conflictivo pueden experimentar menos bienestar que las personas solteras. Además, la causalidad no está clara: el matrimonio puede aumentar la felicidad, pero las personas felices también podrían tener mayor propensión a casarse y mantener relaciones estables.

• Relaciones sociales. Una vida social rica y activa se asocia con mayor felicidad. Las amistades íntimas son especialmente valiosas, aunque también contribuyen los conocidos y las interacciones significativas. Estudios de Harvard sitúan la calidad y estabilidad de las relaciones entre los mejores predictores de la felicidad y satisfacción vital a largo plazo.

• Clima. A partir, en parte, de comparaciones entre ciudades estadounidenses de Alaska y California, Seligman concluye que el clima apenas influye en la felicidad a largo plazo. Esta conclusión sigue siendo objeto de debate, pues la luz solar, el buen tiempo, las variaciones estacionales pueden afectar al estado de ánimo.

• Salud objetiva. Salvo en enfermedades graves o incapacitantes, no predice una felicidad duradera. Mediante el proceso de “adaptación hedónica”, solemos adaptarnos a los cambios físicos y aproximarnos a nuestro bienestar anterior. Por ello, los factores psicológicos y relacionales pueden ser más relevantes que la salud objetiva por sí sola.

• Religión. La práctica religiosa activa suele asociarse con una mayor felicidad, especialmente cuando existe un compromiso firme y participación en una comunidad de fe. La afiliación meramente nominal parece influir menos. La religión puede aportar bienestar al proporcionar propósito, sentido, pertenencia y un marco trascendente para interpretar la vida.

 

En síntesis, Seligman concede especial importancia a un buen matrimonio, una red social rica y una vida religiosa activa. En cambio, superar un nivel razonable de ingresos, mantener (siempre) una buena salud o trasladarse a un clima más soleado no son factores decisivos para una felicidad duradera.

 

Voluntad (V)

Las emociones positivas pueden surgir al recordar el pasado, anticipar el futuro o vivir el presente. Sin embargo, no somos meros receptores pasivos: mediante actos voluntarios podemos cultivarlas deliberadamente y aumentar de esta forma nuestro bienestar.

Seligman recomienda distintas prácticas para cada dimensión temporal:

• El pasado: practicar la gratitud, recordando y valorando las experiencias positivas y a quienes las hicieron posibles. Practicar también el perdón hacia nosotros mismos y quienes nos hicieron sufrir, liberándonos del resentimiento y del peso de los agravios no resueltos.

• El futuro: cultivar el optimismo mediante interpretaciones constructivas y expectativas positivas, y alimentar la esperanza definiendo objetivos con sentido y caminos viables para alcanzarlos.

• El presente: buscar experiencias de flow, estados de profunda concentración en actividades que implican plenamente nuestra atención y capacidades, como veremos más adelante. Asimismo, encontrar gratificación en actividades alineadas con nuestras fortalezas y valores, capaces de proporcionar una satisfacción duradera.

 

La práctica deliberada de estas actividades puede reforzar significativamente nuestra capacidad para alcanzar una felicidad duradera, como veremos en los siguientes apartados.

 

Optimismo

El optimismo se asocia con una vida más larga, mayor éxito profesional –especialmente en ventas–, ingresos más elevados, menos problemas cardiovasculares y mayor bienestar subjetivo (Goleman, 1995; Seligman, 2004).

Nos referimos a un “optimismo inteligente”, no ingenuo o infundado. Un estudiante que no estudia porque da por hecho que aprobará demuestra irresponsabilidad, no optimismo. El optimismo no sustituye al esfuerzo: lo impulsa y refuerza.

Tampoco debe confundirse con la suerte. Las personas optimistas suelen atribuir los acontecimientos positivos a sus capacidades, esfuerzo y trayectoria, mientras consideran los negativos temporales, específicos y dependientes del contexto. Las pesimistas hacen lo contrario: atribuyen lo positivo a la suerte o a circunstancias excepcionales, pero interpretan los contratiempos como permanentes, generalizados y consecuencia de carencias personales. Estos patrones pueden mantenerse al margen de la “frecuencia” real de los acontecimientos positivos y negativos.

Por tanto, el optimismo puede desarrollarse. Atribuir lo positivo a causas personales y estables, y considerar los contratiempos temporales y accidentales, modifica gradualmente nuestros patrones de pensamiento. Esta práctica mental aumenta nuestra sensibilidad ante las experiencias positivas y reduce el impacto de las negativas. Más que un temperamento, es un entrenamiento que puede comenzar hoy.

 

‘Flow’

El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi introdujo el concepto de Flow en la década de 1970. Describe un estado de profunda concentración en una actividad durante el cual podemos perder la noción del tiempo e incluso del entorno (Csikszentmihalyi, 1990).

El flow se caracteriza por:

• Concentración profunda y sostenida.

• Plena inmersión en el presente.

• Menor conciencia del tiempo y del entorno.

• Sensación de actuar sin esfuerzo, pese a la energía empleada.

• Ausencia de preocupaciones intrusivas y pensamientos recurrentes sobre uno mismo.

• Equilibrio entre dificultad y capacidad: la tarea es exigente, pero realizable.

• Satisfacción intrínseca, entusiasmo, disfrute y gratificación.

 

Para experimentar flow con mayor frecuencia necesitamos autoconocimiento: identificar actividades que equilibren nuestras capacidades con un nivel adecuado de dificultad y crear las condiciones para realizarlas y disfrutarlas.

Los investigadores denominan “personalidad autotélica” a la de quienes buscan actividades gratificantes en sí mismas y crean condiciones favorables al flow (Ilies et al., 2017). Al motivarles la actividad más que las recompensas externas, experimentan flow con mayor frecuencia y acumulan más emociones positivas. Estas personas suelen mostrar:

• Mentalidad de crecimiento: interpretan los retos como oportunidades de aprendizaje.

• Fuerte sentido de propósito: aporta dirección y coherencia a sus esfuerzos.

• Autorregulación y fuerza de voluntad: sostiene la concentración, la perseverancia y la implicación.

 

El flow puede contribuir poderosamente al desarrollo personal, la creatividad, la resiliencia emocional y la felicidad.

 

Gratificaciones

Seligman identifica 24 fortalezas universales del carácter, agrupadas en seis grandes virtudes. Utilizarlas genera gratificación –una satisfacción más profunda y duradera que el placer–, emociones positivas auténticas y realización personal. Algunos ejemplos son:

• Curiosidad, interés por el mundo y amor por el conocimiento (sabiduría y conocimiento).

• Perseverancia, laboriosidad, integridad, autenticidad y honestidad (valor).

• Bondad y generosidad (amor y humanidad).

• Lealtad y trabajo en equipo (justicia).

• Autocontrol, humildad y modestia (templanza).

• Gratitud, optimismo, esperanza, perdón y entusiasmo (espiritualidad y trascendencia).

 

El uso activo de nuestras fortalezas genera emociones positivas auténticas. Cuando el esfuerzo deliberado se traduce en una conducta virtuosa, puede producir una sensación de elevación, inspiración y plenitud interior.

 

¿Cómo podemos ser felices?

La búsqueda de la felicidad está estrechamente vinculada al desarrollo del carácter y la práctica de la virtud: a ser, o intentar ser, mejores personas. Quienes son felices suelen compartir una característica importante: procuran cultivar deliberadamente su felicidad.

Como explica Csikszentmihalyi, “la felicidad no depende de los acontecimientos externos, sino de cómo los interpretamos” (1990). Debemos prepararla, cultivarla y protegerla mediante el control de nuestra experiencia interior. La armonía interna permite mantenernos activos, seguir aprendiendo, construir relaciones sólidas, disfrutar incluso de actividades difíciles y responder con resiliencia ante la adversidad.

La felicidad no depende únicamente de cuanto sucede a nuestro alrededor, sino también de cómo configuramos nuestra conciencia. Una sencilla máxima anónima resume esta idea: “Si realmente quieres ser feliz, nadie puede impedírtelo”.

 

Propósito

El propósito posee un extraordinario poder motivador. La vida de Viktor Frankl ofrece una de sus demostraciones más poderosas.

Frankl nació en Viena en 1905, en una familia judía. Fue neurólogo, psiquiatra y fundador de la logoterapia, origen de la Tercera Escuela Vienesa de Psicoterapia. Entre 1942 y 1945 estuvo recluido en varios campos de concentración nazis, entre ellos Auschwitz y Dachau. Estas experiencias inspiraron su obra más conocida, “El hombre en busca de sentido”.

La historia editorial del libro resulta significativa. Sus primeras ediciones en alemán, publicadas desde 1946, apenas despertaron interés. Tampoco tuvo éxito la primera edición inglesa, “Desde el campo de exterminio al existencialismo”. En 1961 apareció una versión revisada y ampliada, “El hombre en busca de sentido”, que unía al relato de los campos una explicación de la logoterapia. El libro vendió millones de ejemplares y fue reconocido como uno de los diez más influyentes en Estados Unidos.

¿Por qué alcanzó tanto reconocimiento la obra revisada? El nuevo título pudo contribuir a su éxito, pero la incorporación de la logoterapia ofrece una explicación más convincente. Sin ella, el lector podría ver a Frankl únicamente como un hombre excepcional que sobrevivió a un sufrimiento inimaginable: una historia admirable, pero lejana y poco aplicable a su propia vida.

La explicación de la logoterapia transforma esta interpretación. La experiencia de Frankl se convierte en la demostración práctica de un principio universal: incluso en el sufrimiento extremo podemos encontrar sentido, y la voluntad de encontrarlo ayuda a soportar y superar la adversidad. El lector deja de admirar a un héroe distante y reconoce una capacidad presente en todo ser humano. Fundamentar la vida en un propósito permite afrontar retos que antes parecían insuperables. La historia ofrece así un camino hacia la esperanza, una de las bases de la felicidad duradera y la resiliencia psicológica.

 

Logoterapia

El término griego logos puede significar “razón”, “palabra”, “discurso racional” y “sentido”. Frankl destaca este último: la logoterapia es entonces una “terapia del sentido”.

Frankl observó que algunas personas experimentan lo que denominó “frustración existencial” o “vacío existencial”: una ausencia percibida de sentido y de propósito. Este malestar surge cuando no logran identificar qué aporta significado y dirección a su vida. Preguntas como “¿por qué nací?” o “¿qué sentido tiene mi vida?” expresan esta búsqueda de un fundamento existencial.

Frankl sostenía que este sufrimiento no debe considerarse automáticamente una patología clínica o disfunción biológica. La preocupación, el vacío y la desesperación pueden reflejar un problema espiritual o existencial, no una enfermedad. En estos casos, las intervenciones clínicas o farmacológicas pueden resultar insuficientes: también es necesario descubrir un sentido y clarificar la propia existencia. La logoterapia ayuda a encontrar ese sentido y cambiar nuestra actitud ante el sufrimiento.

Frankl aplicó estos principios durante su cautiverio. Escribió que lo sostuvieron el amor por su esposa, a quien esperaba volver a ver, y la responsabilidad de reconstruir y divulgar su trabajo sobre logoterapia, convencido de que podría ayudar a muchas personas. Al distanciarse mentalmente de su sufrimiento inmediato, demostró que la vida podía conservar su sentido en cualquier circunstancia. Alcanzó probablemente el máximo grado de IE intrapersonal, según la definición anterior, y corroboró la conocida afirmación de Nietzsche: “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.

Según Frankl, la diferencia y tensión entre lo alcanzado y aquello a lo que aspiramos no tiene por qué ser perjudicial. Orientada hacia un propósito, favorece la salud psicológica. El bienestar no exige eliminar toda tensión: esforzarnos por una meta valiosa puede generar realización y felicidad.

Frankl también advierte que el propósito no se “inventa”, sino que se descubre: es una posibilidad latente, pendiente de ser identificada y formulada conscientemente.

Para algunas personas, reside en su actividad profesional; para otras, en la familia, las relaciones u otro ámbito. Cuando no está claro, puede ser útil explorar actividades impulsadas por la motivación trascendente. Contribuir al bienestar de los demás o al bien común proporciona una fuente poderosa y duradera de sentido y realización.

El legado de Frankl demuestra tanto el poder motivador del propósito como el potencial de la IE intrapersonal para reforzar la resiliencia humana.

 

Conclusión

Este artículo ha tratado de responder a una pregunta central: ¿cómo puede desarrollarse la inteligencia emocional?

La primera conclusión es que no desarrollamos una única inteligencia emocional, sino dos dimensiones diferentes y complementarias: la IE interpersonal y la intrapersonal.

La IE interpersonal se cultiva “cuidando de forma auténtica” a las personas que nos rodean: generosidad genuina, atención sincera y preocupación real por el bienestar de los demás. La IE intrapersonal se fortalece mediante el autoconocimiento, la autoaceptación y la autoestima; un propósito vital claro; y el cultivo del optimismo, de la paz interior y la felicidad.

El propósito aporta coherencia a nuestras experiencias, orienta las decisiones y refuerza la resiliencia, contribuyendo así al desarrollo de la IE intrapersonal. Como explica Frankl, la tensión entre lo alcanzado y aquello a lo que aspiramos no es perjudicial. Esforzarnos por un propósito puede favorecer el crecimiento psicológico, profundizar el sentido de nuestra vida y reforzar la felicidad y la paz interior.

Aspirar a la excelencia moral, o simplemente intentar ser mejores personas, cumple dos funciones complementarias: fortalece el “cuidado auténtico” en nuestras relaciones y aumenta nuestro bienestar y paz interior (Seligman, 2004). El optimismo nos ayuda a abordar constructivamente retos y oportunidades, mientras que una mentalidad de crecimiento, basada en el autoconocimiento y la autoaceptación, refuerza la resiliencia y la autoestima.

El autoconocimiento también nos ayuda a descubrir nuestro propósito. Frankl propone un camino aparentemente paradójico: encontramos sentido cuando dirigimos la mirada hacia los demás, no cuando nos encerramos en nosotros mismos. Al olvidarnos de nosotros mismos y dedicarnos a otras personas o a causas que nos trascienden, superamos la preocupación excesiva por nuestro yo y alcanzamos mayor paz interior y realización. La persona virtuosa, al procurar servir a los demás, se trasciende a sí misma y alcanza así una felicidad existencial más profunda.

Frankl insiste en que el propósito no se inventa arbitrariamente, sino que se “descubre”. Cada persona posee una función o misión única e irreemplazable que nadie puede cumplir exactamente del mismo modo. La responsabilidad y la motivación trascendente pueden orientar a quienes aún no hayan identificado claramente su propósito.

Con el tiempo, estas actitudes pueden crear un círculo virtuoso. A medida que los líderes experimentan mayor bienestar, relaciones más sólidas y mejores resultados, aumentan tanto su deseo de actuar bien como su capacidad para hacerlo eficazmente.

En su charla TED (2009), Barry Schwartz denomina “héroes cotidianos” a quienes encarnan estas cualidades: personas sabias que reconocen cuándo las reglas deben ceder ante el juicio contextual y saben introducir excepciones razonadas, improvisar y resolver problemas reales. Combinan la “voluntad moral” – el deseo de hacer lo correcto – con la “habilidad moral” – la capacidad de identificar y aplicar la respuesta adecuada. Juntas, ambas cualidades constituyen la “sabiduría práctica”, estrechamente vinculada a la virtud clásica de la prudencia.

Los héroes cotidianos pueden entenderse, por tanto, como personas emocionalmente inteligentes cuyo propósito, optimismo, autenticidad, armonía interior y fortalezas orientan sus decisiones y generan felicidad y una profunda gratificación. La sociedad actual necesita personas así: su carácter y su conducta inspiran a los demás y crean entornos en los que prosperan la responsabilidad, la prudencia y la sabiduría, cualidades esenciales para tomar buenas decisiones, despertando en las personas el deseo de dar lo mejor de sí mismas.

 

Agradecimientos: se agradecen al profesor Juan Serrano sus valiosas reflexiones, su apoyo y los materiales aportados, que contribuyeron a establecer los fundamentos conceptuales de este trabajo. Asimismo, la orientación del profesor Yih-teen Lee resultó fundamental para definir el enfoque del estudio antes de su desarrollo.
 
Referencias
» Csikszentmihalyi, M. (1990). Flow: the Psychology of Optimal Experience. Harper and Row.
» Frankl, V. E. (1961). Manís Search for Meaning: An Introduction to Logotherapy. Beacon Press.
» García, H., & Miralles, F. (2016). Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz (1.a ed.). Barcelona: Urano.
» Gardner, H. (1983). Frames of Mind: The Theory of Multiple Intelligences. Basic Books.
» Goleman, D. (1995). Emotional Intelligence. Bantam Books.
» Ilies, R., Wagner, D., Wilson, K., Ceja, L., Johnson, M., DeRue, S., & Ilgen, D. (2017). Flow at work and basic psychological needs: effects on well-being. Applied Psychology, 66(1), 3-24.
» Mayer, J. D. (1999). Emotional Intelligence: Popular or Scientific Psychology? APA Monitor, 30(50).
» Pérez López, J. A. (1991). Teoría de la acción humana en las organizaciones: la acción personal. Rialp.
» Seligman, M. E. P. (2004). Authentic Happiness: Using the New Positive Psychology to Realize Your Potential for Lasting Fulfillment. Simon & Schuster.

Roberto Macciò

CFO en IESE Business School y Part-Time Faculty en ISEM Fashion Business School ·