Las empresas que quieran competir con ventaja en los próximos años deberán entender cómo la geopolítica, la economía, la tecnología y la demografía están transformando al consumidor y obligando a replantear las estrategias de mercado.
Saber leer: la base de las estrategias de mercado ganadoras
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José Luis García del Pueyo
Business Review (Núm. 365) · Estrategia · Mayo 2026
Las empresas que quieran competir con ventaja en los próximos años deberán entender cómo la geopolítica, la economía, la tecnología y la demografía están transformando al consumidor y obligando a replantear las estrategias de mercado.
Saber leer la ingente cantidad de datos que ofrece la economía actual y navegar las tendencias del entorno serán habilidades directivas imprescindibles para diseñar estrategias de mercado ganadoras en un futuro que, en realidad, ya es presente.
Las empresas compiten, y competirán todavía más, en un entorno condicionado por la inestabilidad geopolítica, una transformación tecnológica sin precedentes y profundos cambios sociodemográficos. Estas tres megatendencias configuran un escenario que influirá de forma decisiva en el comportamiento de clientes y consumidores. En Occidente, estos se mueven en un contexto marcado por una información desbordante e inmediata, muchas veces procedente de fuentes no contrastadas, por una pérdida de poder adquisitivo derivada de la inflación y por un invierno demográfico que se ve parcialmente compensado por la inmigración.
En este escenario, orientar la empresa hacia el mercado trasciende la venta y obliga a interpretar de forma constante el teatro de operaciones para diseñar estrategias flexibles en las que el propósito de la compañía cobra un papel central. Ninguna empresa puede sobrevivir sin vender, pero la dificultad añadida es que los cambios del entorno son cada vez más dinámicos, más imprevistos y más influyentes sobre la conducta humana.
Las compañías que quieran desarrollar estrategias de mercado ganadoras tendrán que saber leer el entorno para anticiparse, en lugar de limitarse a reaccionar ante sus cambios.
La estrategia de mercado empieza fuera de la empresa
En el pasado muchas compañías elaboraron sus estrategias de mercado desde dentro hacia fuera, sin mirar demasiado por encima de la “valla” que las rodeaba. Diseñaban sus gamas de productos o servicios, definían el posicionamiento de sus propuestas de valor y estudiaban los canales de distribución para construir su ruta al mercado. Ese enfoque fue válido, pero hoy resulta claramente insuficiente. La razón parece clara: el consumidor ya no se puede entender bien si antes no se entiende el entorno cambiante que lo condiciona.
Esa es, probablemente, una de las grandes exigencias para la dirección de empresas actual y futura. La compañía debe observar más allá de sí misma. Debe analizar el contexto político, económico, social, tecnológico, ecológico y legal en el que opera y preguntarse, con rigor, qué implicaciones pueden tener esos factores sobre sus consumidores.
Dicho de otra forma, la estrategia de mercado no puede descansar solo en la intuición ni en la repetición de fórmulas que funcionaron en el pasado. El error más habitual consiste en analizar el mercado como si fuera un espacio relativamente estable y previsible, cuando en realidad hoy está, y previsiblemente seguirá estando, sometido a tensiones permanentes. Actuar con criterio exige saber leer, tener método, contar con perspectiva y obliga a hablar más de dirección estratégica que de simple planificación, más de amenazas y oportunidades que de inercias exitosas heredadas.
Las compañías que quieran competir con solvencia necesitan aceptar que el mercado cambia porque cambia el mundo que rodea al consumidor que influye en sus prioridades, su percepción de valor, sus temores, sus aspiraciones y su forma de decidir.
Por eso conviene recuperar una disciplina a veces olvidada, pero plenamente vigente: observar el entorno para interpretar el mercado. No se trata de acumular la información amplia y asequible, sino de desarrollar la habilidad directiva para las tendencias que son estructurales, cuáles son pasajeras y de qué manera pueden afectar a la empresa. Las estrategias ganadoras no serán las de las compañías más grandes ni las de las que dispongan de más datos, sino las de quienes sepan leer las señales de cambio antes que los demás para tomar decisiones anticipadas. No vale el “se veía venir” y mucho menos el “no lo vi venir”.
La inestabilidad ya no es una excepción
La economía actual se ha visto sometida a una sucesión de crisis de distinta índole desde las postrimerías de la financiera de 2008. La Covid-19, la guerra de Ucrania, la ofensiva arancelaria impulsada por Donald Trump, el conflicto en Israel o la tensión con Irán han contribuido a crear un escenario de inestabilidad permanente como consecuencia de enlazar varias crisis sucesivas en pocos años con impacto sobre el comportamiento de los consumidores. Todo apunta a que esta inestabilidad seguirá siendo el escenario futuro de una economía globalizada e interconectada.
La dirección de las empresas tiene que interiorizar que la geopolítica no pertenece solo al ámbito de los titulares de los medios de comunicación ni de la esfera de la clase política, porque debe estar presente en las estrategias empresariales. Esas crisis, aunque a veces parezcan lejanas de la realidad cotidiana, tensionan la economía de proximidad como consecuencia del encarecimiento de los tipos de interés, de las materias primas, de los costes energéticos o de las dificultades en las cadenas logísticas, con la consiguiente desconfianza por parte de los consumidores.
¿Qué consecuencias domésticas tiene este escenario? La inflación merma el poder adquisitivo y condiciona los comportamientos de compra; la polarización política o la inmigración creciente dibujan un clima de preocupación, incertidumbre respecto al futuro e incluso miedo entre no pocos ciudadanos. Todo ello puede alterar comportamientos que antes parecían relativamente estables.
La consecuencia más inmediata de esta policrisis es un clima de incertidumbre que incide negativamente sobre la confianza de los consumidores, altera sus patrones de compra, refuerza la necesidad de seguridad y vuelve más imprevisible la relación entre el deseo y la decisión de compra, dos bases fundamentales de la economía de mercado.
En ocasiones, esta situación genera prudencia, pero en otras impulsa formas de consumo compensatorio, como se ha visto con el crecimiento del turismo tras la pandemia. La guerra de Ucrania, por ejemplo, encareció algunas materias primas básicas, como el trigo, y provocó un fuerte incremento del precio de la energía, lo que hizo subir la inflación de manera muy significativa. El poder adquisitivo de los consumidores disminuyó y sus preferencias se inclinaron hacia las marcas del distribuidor, que alcanzaron cuotas de mercado superiores al 50% en algunos alimentos. Eso obligó a no pocos fabricantes a reconsiderar su presencia en categorías donde habían tenido un destacado protagonismo durante años y grandes marcas como Pastas Gallo o Leche Pascual, que habían liderado sus respectivas categorías durante mucho tiempo, tuvieron que replantearse sus estrategias.
Las estrategias de orientación al mercado no pueden esperar a que el entorno vuelva a ser estable, porque la inestabilidad vivida en los últimos años será, previsiblemente, la tónica dominante en los próximos. Se hace necesario aprender a competir en un marco de cambio permanente; asumir esa realidad, o no, marcará la diferencia entre las compañías reactivas, que actúan cuando las crisis ya se han producido frente a las proactivas, que saben leer tendencias y escenarios para anticiparse.
Como consecuencia de todo ello, sería recomendable incorporar a los planes un análisis PESTEL —cambios políticos, económicos, sociales, tecnológicos, ecológicos y legales— realizado con objetividad, con el fin de evaluar amenazas potenciales y tendencias de fondo, diferenciándolas de las modas pasajeras. Tras esos análisis suelen aparecer las oportunidades.
Del poder adquisitivo al valor percibido
Estas circunstancias están influyendo en la sociedad y, por tanto, en el comportamiento de los consumidores, donde se observa un cambio importante: se ha evolucionado desde comprar según el poder adquisitivo a hacerlo también según el valor percibido. Esto no significa que el precio haya perdido importancia, más bien al contrario porque la inflación seguirá presente y la competencia continuará intensificándose, pero recupera fuerza el conocido concepto de value for money: ¿el precio justifica lo que recibo?
Este cambio tiene una enorme importancia estratégica, porque durante años muchas empresas segmentaron el mercado con una lógica binaria basada en el precio frente a lo premium, y esa clasificación parece hoy obsoleta como fundamento exclusivo. El consumidor actual presenta un comportamiento claramente fragmentado:
- Puede comportarse de manera austera ante unas categorías y de forma aspiracional en otras.
- Puede inclinarse por el precio en productos indiferenciados como la leche, la pasta o el yogur y, al mismo tiempo, pagar más por salud, conveniencia, autenticidad o sostenibilidad.
- Puede buscar promociones y, a la vez, mostrarse fiel a una marca con cuyos valores se siente identificado porque le inspira confianza, coherencia o experiencia.
El mismo consumidor puede comprar productos de Hacendado en categorías donde prime el precio y, al mismo tiempo, elegir Häagen-Dazs para dar respuesta a su indulgencia o a su identificación con la imagen de marca de unos helados premium.
Esta complejidad obliga a las empresas a afinar mucho más la lectura del mercado. Las variables clásicas de segmentación ya no bastan por sí solas, y no es suficiente con analizar al consumidor de forma aislada. Ese análisis debe completarse con una lectura objetiva del contexto vital de la sociedad para poder interpretar qué está dispuesto a premiar o a sacrificar, qué entiende por valor real en cada momento y ante qué categoría de productos. Aunque una persona quiera adelgazar en el marco de la tendencia hacia la salud, puede alterar esa prioridad y premiarse con la compra indulgente de un helado Häagen-Dazs.
El consumidor no solo compra en el lineal: de la venta a la experiencia
Otro cambio decisivo tiene que ver con el modo en que se construye la decisión de compra. Durante mucho tiempo, el punto de venta fue el gran teatro de operaciones donde se decidía la compra y hoy, sin perder relevancia, parece estar disminuyendo su peso relativo dentro del proceso de decisión, salvo que se actúe en el punto de venta para convertirlo en una experiencia.
Las grandes compras espaciadas en el tiempo fueron sustituidas por compras de menor importe, pero de mayor frecuencia y proximidad. Este cambio vino impulsado por otro factor exógeno que fue la crisis financiera de 2008, que supuso para las empresas de hipermercados un gran desafío de supervivencia. Vimos cómo Carrefour complementó sus grandes centros situados en las afueras de las ciudades con varios formatos de tienda —Market, Express o City— en el centro de las poblaciones, para responder a una tendencia que en 2026 sigue plenamente vigente.
El consumidor actual, en muchas categorías de servicios o productos —no necesariamente de gran consumo— busca en digital, compara, contrasta y consulta antes de cerrar la compra. Esto obliga a revisar el papel de los canales de distribución en diferentes sectores, porque ya no se trata solo de colocar bien el producto en el punto de venta, bien sea un concesionario de coches, una entidad financiera o una tienda de decoración como Zara Home, sino de entender el customer journey mucho antes de que el cliente llegue al punto de venta. Sí quiere conveniencia pero también orientación, seguridad y trato personalizado.
Mercadona ha sabido leer bien esta evolución y bajo este razonamiento, no resulta extraño que pueda acabar convirtiéndose en la mayor cadena de cafeterías de España a medida que incorpore el servicio de café a sus 1.600 tiendas, como en su día hizo con los zumos de naranja o con la sección “Listo para comer”. Pero el café se diferencia de esas dos iniciativas anteriores porque ahora la apuesta se centra en hacer más grata la experiencia de compra dentro de un supermercado, algo que además generará una nueva línea de ingresos.
Así pues, la compra monolítica tiende a desaparecer porque se ha expandido entre el mundo físico y el digital, entre lo racional y lo emocional, entre la venta impulsiva y la reflexionada.
En ese contexto aparece una figura especialmente relevante: el comprador asistido. Es un consumidor que utiliza la tecnología para investigar qué comprar y dónde hacerlo, y que integra en su decisión tanto la información disponible en el ecosistema digital como la experiencia final de compra en el punto de venta. Esto cambia la lógica comercial tradicional, porque ya no se compite solo por precio y surtido, sino también por accesibilidad, experiencia y coherencia omnicanal.
Y aquí aparece otra exigencia: la omnicanalidad no puede entenderse como una simple suma de canales, como todavía hacen demasiadas empresas, porque no consiste en “estar en muchos sitios”, sino en ofrecer una experiencia única y homogénea en todos los canales. Las compañías que ofrecen una propuesta muy diferenciada entre tienda física, web, redes sociales y marketplaces transmiten desorden mientras que las que integran bien todos esos puntos de contacto transmiten control, conveniencia y confianza.
Esta transformación asociada al comprador asistido cambia las reglas de la relación marca-consumidor, porque este contrasta la propuesta de valor de la empresa, la cuestiona y la comenta en el ecosistema digital. Las empresas deben asumir que su propuesta “se les ha escapado de las manos” y ha pasado a las del comprador, que puede auparla o destrozarla sin que la propia compañía llegue a enterarse a tiempo.
La recomendación es clara: el activismo empresarial digital es imprescindible, independientemente de que se venda o no en canales digitales y del tamaño o sector de la empresa. No cabe más alternativa que ser proactivo y construir el propio relato antes de que alguien lo haga por nosotros y pueda afectar negativamente al posicionamiento.
Sostenibilidad, salud y autenticidad: al consumidor ya no le bastan las campañas
La sostenibilidad ha pasado de ser un atributo complementario a convertirse en un criterio de evaluación más central para determinados segmentos de consumidores, pero con matices. El concepto ha llegado a una etapa de madurez en la que el acceso a la información ha vuelto a los consumidores más desconfiados y más exigentes, mientras muchas campañas ecopublicitarias han perdido impacto o incluso se han vuelto contraproducentes. La impostura generada por el greenwashing ha provocado cansancio entre muchos consumidores, dando lugar al concepto de ecofatiga que implica que las empresas tienen ahora que demostrar más que contar, y eso supone otro cambio de paradigma.
De ello se desprende que la sostenibilidad ya no puede actuar solo como un puntal de la comunicación corporativa porque ahora se exige una relación mucho más estrecha entre los mensajes y lo que la empresa realmente hace. Las actuaciones incoherentes pueden tener efectos perniciosos, por lo que se hace necesario integrar la propuesta de valor de los productos con los procesos y con la conducta corporativa.
Algo semejante ocurre con la salud y la sostenibilidad porque tienden a unirse en una misma motivación de compra y el consumidor puede estar dispuesto a pagar un precio superior, pero hay que demostrar que no se trata de un mensaje vacío. La marca Smileat, de alimentación infantil ecológica, ha conseguido aunar estas dos motivaciones alrededor de un propósito claro de empresa y en una década ha logrado pasar de ser una pequeña startup a convertirse en líder de su categoría debido a la coherencia de su estrategia: exclusivamente productos ecológicos, cero azúcar, envases sostenibles y “comunicación honesta”.
Así pues, generar credibilidad a través de hechos coherentes se ha convertido en algo imprescindible debido a que los consumidores valorarán cada vez más la autenticidad, el contenido por encima del mensaje y el relato respaldado por hechos.
La sociodemografía está redibujando el mercado
Los cambios sociodemográficos estructurales a los que estamos asistiendo en Occidente son pausados, pero constantes, por lo que sin duda reconfigurarán los mercados en la próxima década. El envejecimiento de la población, la caída de la natalidad y el retraso de la maternidad tienden a verse parcialmente compensados por la inmigración, pero sus efectos también se notarán en el tamaño y la composición de los hogares o en el encarecimiento de la vivienda. Estos cambios están haciendo aparecer nuevas sensibilidades, nuevas unidades familiares y nuevas prioridades de gasto que alteran, y lo harán todavía más, los patrones de comportamiento y compra del pasado. Otro gran cambio estratégico de escenario.
Muchas empresas, sin embargo, siguen inmersas en sus planes de negocio anuales al considerar que estos cambios llegarán mucho más adelante y no les afectarán.
Uno de los cambios más trascendentes será la consolidación del mercado senior como uno de los más importantes, tanto por volumen como por fuerza económica. La riqueza patrimonial acumulada de estos seniors procedentes del baby boom será muy superior a la de las cohortes más jóvenes y, con una esperanza de vida media de 83 años, más formación, más tiempo y más inquietudes, serán sin duda el grupo de consumidores más importante de los próximos años. Se reconfigurarán en segmentos que las empresas deberán analizar para no incurrir en errores del pasado: no son “tercera edad”.
Su edad aparente será unos diez años inferior a su edad biológica e invertirán mucho dinero en mantener su calidad de vida, su satisfacción personal y su ocio, así como en el cuidado de su salud, no solo desde una óptica sanitaria, sino también personal, deportiva o alimenticia.
El otro gran cambio estructural será la disminución de la natalidad, que hace tiempo dejó atrás las cotas de reemplazo generacional y no parece que vaya a revertirse. Esto generará una necesidad imperiosa de reemplazo poblacional, que será cubierta por la tecnificación de muchas funciones antes desempeñadas por personas y también por la inmigración. Esta inmigración será muy numerosa, por lo que creará oportunidades de mercado, pero también conflictos de integración.
Las constructoras edificarán hogares más pequeños y funcionales, donde en un gran número de ellos vivirán mascotas como animales de compañía para garantizar el afecto de sus moradores. Como consecuencia de este “cambio de niños por mascotas”, el mercado veterinario de pequeños animales de compañía, la alimentación especializada y los servicios de cuidado tendrán una proyección de crecimiento muy importante.
Para las empresas se hace necesario reflexionar sobre estos factores, aunque aquí solo se hayan apuntado, porque afectarán de forma transversal y significativa a muchos sectores, desde el inmobiliario hasta el hospitalario, desde la distribución hasta la alimentación humana y la de mascotas.
Del producto al ecosistema
Otro rasgo definitorio del contexto, aunque de índole tecnológica y muy ligado al consumidor, es que este nunca está solo, sino “acompañado” en el ecosistema digital, además de en el físico. Aunque se encuentre solo físicamente, no está aislado y valida una actitud conversacional cruzada con otros consumidores a los que ni siquiera conoce. Esta característica relacional deja obsoletas partes de las estrategias de comunicación clásicas y obliga a crear un ecosistema digital integral, en el que el consumidor adquiere un papel protagonista, un rol activo nada desdeñable para la creación de contenidos.
Eso debilita el viejo esquema en el que las empresas creaban valor para clientes que lo recibían de forma más o menos pasiva, evolución con importancia estratégica porque ya no basta con tener un buen producto con una comunicación eficaz: se hace necesario construir relación para alcanzar relevancia más allá de lo puramente transaccional.
Se trata de pasar de “venderte lo que yo tengo” a “cuidarte como a ti te gusta”, y de ahí la necesidad de desempeñar un papel activo y conversacional en el ecosistema digital. Nestlé, con su división de alimentación para mascotas, ha creado un completo ecosistema alrededor de su marca Purina, que ha evolucionado desde la propuesta de alimentar a los animales hacia la de cuidarlos con un concepto mucho más holístico. Para muchas empresas, aquí aparece una incomodidad: los ecosistemas reducen el control unilateral de la marca, que pierde soberanía en favor de los consumidores. Que esto suponga una amenaza o una oportunidad dependerá de la calidad con la que se gestione este cambio de paradigma.
De la lectura del entorno a la acción estratégica
La gran cuestión, por tanto, no es solo cómo condiciona el entorno a la estrategia, sino si la empresa está organizada para leerlo bien y actuar en consecuencia, porque ahí se juega una parte esencial de la competitividad futura.
Una estrategia de mercado proactiva exige perspectiva porque no se puede dirigir bien mirando solo al trimestre, al competidor inmediato o a los hábitos del consumidor actual. Hace falta plan, visión a medio plazo, capacidad de elevar la mirada por encima de la “valla” para compaginar el gran angular con el zoom para saber leer las grandes tendencias, diferenciarlas de las modas pasajeras y, al mismo tiempo, no perder de vista las relaciones actuales con clientes y consumidores.
Esta actitud exige desprenderse de la nostalgia donde el “como toda la vida” es una de las formas más habituales de miopía estratégica ya que está contrastado que muchas empresas no fracasan por falta de recursos, sino por exceso de hábitos desfasados. Les cuesta aceptar que las reglas han cambiado, que el consumidor ya no se comporta como antes y que la ventaja está en interpretar mejor el futuro-presente. Se exige convertir esa lectura en decisiones orientadas a escuchar activamente al consumidor, otorgarle un rol más activo, construir comunidad alrededor de una marca más próxima o socializada y optimizar la omnicanalidad.
Siete claves para una estrategia de mercado ganadora
1. Leer antes que reaccionar
La estrategia de mercado empieza fuera de la empresa, no dentro.
2. Asumir la inestabilidad como normalidad
La geopolítica, la inflación y la incertidumbre ya no son excepciones.
3. Entender el nuevo criterio de compra
El consumidor no decide solo por precio, sino por valor percibido.
4. Aceptar que el punto de venta ya no basta
La decisión se construye antes, en un proceso asistido por la tecnología.
5. Sustituir el discurso por la credibilidad
Sostenibilidad, salud y autenticidad deben demostrarse, no solo declararse.
6. Incorporar la demografía a la estrategia
El envejecimiento, la caída de la natalidad y los nuevos hogares redibujan el mercado.
7. Pasar del producto al ecosistema
Las marcas ya no compiten solo por oferta, sino por comunidad, relación y relevancia.
Como conclusiones para reflexionar
Las estrategias de mercado ganadoras no nacen de la improvisación, ni de seguir cada moda, ni de reaccionar tarde a lo evidente, lo hacen por su capacidad de comprender qué está cambiando en el entorno para interpretarlo en términos de propuesta de valor relevante.
En el escenario descrito no vencerán las empresas más grandes ni las más rápidas, sino aquellas que sepan leer antes que las demás hacia dónde se mueve el consumidor y qué implicaciones tiene para su estrategia. Por tanto, orientar la empresa hacia el mercado no consiste en ir detrás del cliente, sino en entender el mundo en el que ese cliente vive, decide y cambia, para anticiparse con propuestas más útiles y creíbles que las hagan ganadoras.
La empresa que quiera competir bien en los próximos años tendrá que hacerse una pregunta previa a todas las demás: ¿estamos leyendo bien lo que está ocurriendo más allá de la “valla”?
José Luis García del Pueyo
Profesor y director del Área de Dirección de Estrategias de Mercado en San Telmo Business School ·
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